Los Duendes de la Camarilla

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Y no fue poca sorpresa de Lucila el oírle pasar, casi sin transición, de las lúgubres consideraciones antedichas a esta vulgar pregunta: «¿Y ese hombre, ese padre de usted, qué cantidad necesita?». Respondió la moza que de cuatro a seis mil reales. y añadió que el negocio de la tienda de huevos y semillas era de seguro rendimiento. «Es mucho, mucho dinero - murmuró Merino sacando el labio inferior y arqueando más la boca . ¡Seis mil realazos!. digo, digo. eche usted reales. y en estos tiempos en que el dinero anda escondido para que no lo cojan las uñas moderadas. El poquito que ha escapado de esas uñas, tiénelo la soldadesca. Entre abogados y militronches, están dejando en los huesos a esta Nación. Pues no puedo, no puedo servirles.»

- Mi padre cumplirá bien; por eso no lo haga - dijo Lucila creyendo que no aflojaba la mosca sin hacerse de rogar . Y dispénseme que no empezara por hablarle de mi padre; pero desde que Domiciana me hizo aquella trastada, he perdido el tino, y hablo todo al revés. A usted le consta lo mala que es la cerera, ¿verdad, D. Martín? ¿Quién lo sabe como usted?

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