Carlos VI en la Rápita by Benito Pérez Galdós

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Y he aquí que, pasado aquel sofoco, nos cogió el amo a Ibrahim y a mí en la soledad interior de la tienda, para darnos esta orden apremiante: «Se confirma que los moros van ganando las posiciones de los cristianos, pues a cada instante se apartan más de aquí y se corren hacia Bu-Sfiha. Aprovechemos la clara y el despejo del terreno por esta parte para seguir nuestra marcha. Recoged todo, enjaezad las mulas, y echemos a correr sin decir nada por las veredas más altas, a ver si Allah, o el Zancarrón, o el mismo Eblis nos permiten llegar al paso del Fondac antes que cierre la noche».

Tal como lo dijo lo hicimos, y a espaldas de las envalentonadas hordas de Muley El Abbás nos deslizamos por atajos próximos, sin que en nuestra salida pararan mientes los guerreros que allí quedaban. Tomamos desde la partida un vivo trote, huyendo de la cruel matanza; mas por alejarnos rápidamente no perdían nuestros oídos la sensación del inmenso ruido de la batalla, acrecido al avanzar de la tarde con el pavoroso estruendo de la artillería española. Mostrábase el cielo poco benigno con los combatientes, porque al frío seco que desde el amanecer soplaba, sucedió por la tarde lluvia pertinaz, a intervalos arreciada con tremendos chaparrones. Cuando nuestras valientes cabalgaduras atacaban la cuesta que sube a la divisoria de Djibel Hiamar, corrían por aquellos vericuetos las aguas con torrencial sonido, arrastrando piedras. El camino no merece tal nombre: no es más que un sendero del cual han sido artífices los cascos de las caballerías. Son aquí más ingenieros los animales que los hombres.

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