Carlos VI en la Rápita by Benito Pérez Galdós

Explore "Carlos VI en la Rápita" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.

No eché en saco roto la lección del Arcipreste, pensada y dicha en conformidad con su sistema de vida, y aplicada por mí a ideas y planes de orden muy distinto. Él quería decir que las chicas embebecidas en vanas devociones son fáciles al dominio de quien posee la clave de lo espiritual, y que por tal camino sabía él traerlas al rigor de los deberes domésticos y a la corrección externa y visible. Atento a mis propósitos, en cuanto mi huésped me dejó solo (por haberse ido con Olegaria a la inspección y revista de su bien poblado gallinero), me metí en la iglesia, que era, conforme a los gustos de la moderna piedad, sombría, casi lóbrega, invitando a somnolencias dulces y a borracheritas de la mente. Vi trozos del esqueleto de una robusta arquitectura, mutilada, recompuesta, vestida de mil requilorios ornamentales y de bárbaros colorines; vi santos en paños menores y profetas barbados, de cara fosca; vi un altar mayor, cuya sencillez elegante se perdía tras un matalotaje de cortinas, arañas, candelabros y pabellones; vi en la cabecera de la nave lateral un altar de la Virgen, que era la más descabellada y furiosa expresión del churriguerismo, obra, al parecer, de pastelería, compuesta de delgados y retorcidos bizcochos, de hojaldres quebradizos, de dorados y relucientes caramelos. La santa imagen apenas se distinguía entre la chillona profusión de metales, tisúes y flores de trapo, rodeada de ángeles de pastaflora y ex-votos de mazapán que la comprimían y ahogaban.

Bajé después hacia el pie de la misma nave, donde vi, en soledad tétrica, olvidado de la devoción, un Cristo de espantosa anatomía, de espeluznante horror traumático, piernas y brazos en carne viva, con cárdenos bultos y cuajarones de sangre, que resultaban de una realidad viva por la reciente mano de barniz. Su cabellera natural, despeinada y polvorienta, le caía sobre el pecho. No tenía velas encendidas ni apagadas en su altar desnudo, baldío. Cuando pasé hacia la capilla bautismal, entró Donata, ¡ay, qué hermosa!, con su velito negro, en las albas manos el Ordinario de la misa. Acudí a darle agua bendita, y cuando sus dedos de los míos la recibieron, me miró sin sorpresa. Sin duda me esperaba. No me equivoqué al pensar que su mirada placentera me decía esto: «yo rezaré a la Virgen; haz tú lo mismo, y con el rezo mudo y sin mirarnos, nos entenderemos hasta que llegue el momento en que podamos hablar». Avanzó ella hasta la capilla de la Virgen. Yo me quedé en la nave central, debajo del púlpito, sitio reservadito desde el cual, protegido de la penumbra, podía ver a Donata y cebarme en la contemplación de su interesante figura. La vi de rodillas; al levantarse para tomar asiento en un banco, observé en su movimiento perezoso la intención de buscar un propicio instante para mirarme. Y una vez sentada, aprovechaba ella todo ruido de gente que entraba o salía, para mover su cabeza y producir el divino cruzamiento de su mirar con el mío. Mientras permaneció sentada, no cesaba el flecheo; jugamos a la pelota con nuestras almas mandándolas de un lado para otro.

Reading navigation