Explore "Carlos VI en la Rápita" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Al día siguiente del suceso, más bien de la sabrosa espontaneidad del buen Arcipreste en el tabernáculo, se precipitó el curso de mi aventura con Donata, hasta llegar al punto que ella y yo deseábamos. En nuestras últimas cartas, y en una breve entrevista que tuvimos, ya después de anochecer, quedó concertado el plan de su evasión y fuga conmigo. No ocultaré que si la proximidad de mi dicha inundaba mi alma de gozo, no me veía libre de algún punzante recelo cuando pasaba por mi mente la imagen de don Juan Ruiz, a quien veía en las formas de su enojo antes que en las de su bondad. Recordaba el caso de fiereza que me había contado en el bodegón, y su poder en toda esta tierra, donde la muchedumbre de sus amigos y adeptos favorecerá sus venganzas. Y aumentaba mi intranquilidad la confusión en que me tiene la persona moral del Arcipreste, cuyo carácter verdadero no he podido penetrar en trato tan corto. En él veo cualidades excelentes, virtudes afeadas por el vicio, barbarie y talento en increíble mezcolanza, y otro revoltijo no menos extraño de orgullo feudal y supersticiones, de crueldad sectaria y democracia piadosa. Sin conocerle a fondo, ¿cómo discernir el sistema de defensa que debo emplear contra él?. Confiaba yo en que aportase mi amada nuevos datos para el estudio del personaje, que bien pronto había de ser nuestro mayor enemigo.
Para terminar la parte de mis aventuras fechadas en esta villa de Ulldecona, consigno aquí las resoluciones que adoptamos Donata y yo para la evasión y huida. Yo me despediré de don Juan a las diez de la mañana, saliendo con mi equipaje, en dirección a Tortosa y Tarragona, con toda la tranquilidad que simular pueda, y a la mitad del caminito, poco más, en una villa nombrada Santa Bárbara, me detendré, despachando para Tortosa la tartana con mi maleta. Acto seguido me personaré en la casa de un alquilador de coches llamado Manalet, y ajustaré otra tartana, en la cual me volveré a Ulldecona, a punto del anochecer, entreteniendo el tiempo de modo que no llegue aquí hasta las doce de la noche. Al pueblo me aproximaré, rodeando, hasta un sitio que llamanLos Olmos, por la parte del camino de la Cenia, a espaldas de la parroquia y casa rectoral. Allí, junto a unos molinos aceiteros, debo esperar con mi tartana; allí se juntará conmigo Erhimo, digo, Donata.