Explore "Carlos VI en la Rápita" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Acordaron Donata y Polonia que comeríamos en la cocina, pues aunque somos huéspedes, nos consideramos de la familia. Este apartamiento fue muy de mi gusto, y no porque nos molestaran los pupilos; al contrario, en ellos encontramos afabilidad y cortesía. El Músico es un ángel; el Capitán un aragonés de lo más corriente y francote que he visto en mi vida; el Castrense (no son ya dos, sino uno) un señor picoteado de viruelas, de mediana edad, un poco duro de semblante, pero sencillo y cariñoso en su trato, persona excelente, si no me engañaba el primer vistazo. Observo con gusto que mi Donata se afana desde hoy por ayudar a su prima en los trajines domésticos. En la cocina están las dos tan entretenidas, que da gusto verlas. Otra observación fugaz: Polonia es guapa, frescachona; pero no llega ni con mucho a la clásica belleza hispano-árabe de Donata-Erhimo.
Un día más, y sigo observando. El Capellán consagra diariamente un mediano rato al arreglo de las cuentas de Polonia. En un librito le va poniendo el gasto, sin omitir lo más insignificante y menudo, y por otro lado van los ingresos. Gracias a don Jesús Portela (que así se llama) la simpática patrona lleva sus negocios con admirable claridad y limpieza. No podrán decir lo propio las innumerables pupileras esparcidas por el ancho mundo. Mi dominante espíritu de comparación háceme pensar en Lucila y en el novio administrativo que le ha salido para enderezar su existencia hacia las ordenadas esferas de la Economía Política y Privada. Otra cosa: no sé de dónde habrá sacado mi buen Capellán que yo soy un gran teólogo, y que cuando llegue a Tarragona saldrá el Arzobispo a recibirme como a un enviado del Papa, o poco menos. Esta idea del buen Portela, me le pinta como un administrativo forrado de inocencia paradisíaca.