La de Bringas by Benito Pérez Galdós — Read

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Viendo a su esposo tan decaído y maltrecho se reverdeció en Rosalía el cariño de otros tiempos; y el aprecio en que siempre le tenía depurábase de caprichosas malquerencias para resurgir grande y cordial, tocando en veneración. Agasajaba en su pensamiento la vanidosa dama al buen compañero de su vida durante tantos años, el cual, si no le había proporcionado satisfacciones muy vivas del amor propio, tampoco le había dado disgustos. Recordaba entonces aquella existencia matrimonial prosaica y tranquila, llena de escaseces y de goces sencillos, que si aisladamente parecían de poco valor, apreciados en total ofrecían a la memoria un conjunto agradable. Al lado de Bringas no había gozado ella ni comodidades, ni representación, ni placeres, ni grandeza, ni lujo, nada de lo que le correspondía por derecho de su hermosura y de su ser genuinamente aristocrático; pero en cambio, ¡qué sosiego y qué dulce correr de los días, sin ahogos ni trampas, ni acreedores! No deber nada a nadie era el gran principio de aquel hombre pedestre, y con él fueron tan cursis como honrados y tan pobretes como felices. Seguramente, si a ella le hubiera tocado un hombre como Pez, estaría en posición más brillante. «Pero Dios sabe-pensó muy cuerdamente-, las agonías que se pasan en esas casas donde se gasta siempre más de lo que se tiene.

Eso hay que verlo de cerca y pasarlo y sentirlo para conocerlo bien».

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