Zumalcárregui by Benito Pérez Galdós — Read

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«Gracias a Dios -se dijo Fago- que voy a ver a ese portento, el caudillo de los soldados de la Fe, el Macabeo redivivo». Y poniéndose en el sitio que creía mejor, no quitaba los ojos del camino que debía traer el héroe viniendo de la Rectoral. Rodeado, más bien seguido, de diversa gente militar, paisana y eclesiástica, apareció Zumalacárregui, andando con viveza, la boina azul de las comunes muy calada sobre el entrecejo, ceñidos los cordones de la zamarra, botas altas, en la mano un látigo. Le precedían dos perros de caza, blancos con lunares canelos, que olfateaban a los soldados y agradecían sus caricias. Era el General de aventajada estatura y regulares carnes, con un hombro más alto que otro. Por esto, y por su ligera inclinación hacia adelante, efecto sin duda de un padecimiento renal, no era su cuerpo tan garboso como debiera. En él clavó sus ojos Fago, examinándole bien la cara, y al pronto se desilusionó enteramente, pues se lo figuraba de facciones duras, abultadas y terroríficas, con hermosura semejante a la de algunas imágenes de la clase de tropa, como los guerreros bíblicos Aarón, Sansón y Josué. Como en aquel tiempo no circulaban retratos de celebridades, bien se explica que Fago no tuviese conocimiento de la estampa real del caudillo, el cual era un tipo melancólico, adusto, cara de sufrimiento y meditación. La firmeza de su voluntad se revelaba más en el trato que a la simple contemplación del rostro, y había que oírle expresar sus deseos, siempre en el tono de mandatos indiscutibles, para comprender su temple extraordinario de gobernador de hombres, de amasador de voluntades dentro del férreo puño de la suya.

Con tan intensa atención le miraba el bueno de Fago, que, si en aquel punto dejase de verle, nunca más olvidaría el rostro enjuto y tostado, la nariz fina, bien cortada y picuda, el entrecejo melancólico, el bigote negro, que enlazaba con las patillitas recortadas desde la oreja, el maxilar duro y bien marcado bajo la piel. Su voz era un tanto velada; el mirar, grave, sin fiereza en aquel momento. Después de cambiar algunas palabras con Zaratiegui y otros que allí mandaban, llegose a las urbanas, que acababan de poner el pie en tierra, y arreó a cada una un par de latigazos, diciéndoles iracundo: «Bribonas, por culpa vuestra perecerán esos desgraciados. Y ya veis cómo corresponden a mi generosidad. ¿Qué demonios hacíais vosotras en la torre ni qué teníais que pintar arriba, condenadas? Y si yo mandase fusilar ahora mismo a la que no acreditara ser esposa, hija o hermana de algún urbano, ¿qué diríais? ; a ver, ¿qué diríais?» No decían nada las pobrecitas: tal era su terror. Y por contera del discurso, ¡zas!, otro par de latigazos a cada una, agraciando también a la que en aquel momento ponía el pie en tierra. Con aclamaciones y vítores acogió la multitud las palabras y el hecho del General, que por tales medios halagar quería las pasiones populares, movido de un fin político. En aquella terrible guerra, más que ganar batallas, urgía sostener el tesón de la causa, y esto no se lograba sino aboliendo en absoluto toda compasión delante de los sectarios; tratando con crueldad al enemigo fuerte, con menosprecio al débil, para que cundiese y se afianzase la idea de que el cristino era forzosamente, por naturaleza, un ser inferior, abyecto, indigno hasta de las consideraciones más elementales. Sólo así se formaba un partido viril, duro, resistente a toda adversidad. Para poder lanzar confiadamente las masas de hombres a combates desesperados era forzoso encender en ellos sentimientos de implacable furor, los cuales debían tomar cebo y sustancia de los odios mujeriles. El genio de Zumalacárregui veía este resorte, por muchos inapreciable, del mecanismo de la guerra, y quería producir la ferocidad del varón con las pasioncillas villanas de la hembra. Azotó a las mujeres de los urbanos, no por gusto de maltratar inhumanamente a seres indefensos, sino por contentar a las otras, a las furias chillonas de la causa, que sostenían con su procacidad la exaltación populachera, fermento necesario en las guerras civiles.

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