Zumalcárregui by Benito Pérez Galdós — Read

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Hombre previsor, y que no fiaba al acaso la ejecución de su plan, Fago enviaba por delante a dos o tres de sus hombres para que buscasen bueyes y los tuviesen preparados en sitios convenientes. Había que resolver el problema de salvar la divisoria entre el Deva y el Urola, evitando el paso por los caminos reales, donde era fácil encontrar tropas cristinas de las divisiones de Jáuregui o Carratalá. Y ningún auxilio debían esperar de la columna de Eraso, que, según les dijeron, había tenido que replegarse a Éibar, y de aquí a Durango, acosada por Espartero. Mas sin acobardarse por este desamparo, y esperándolo todo de la Providencia divina, franquearon sin accidentes insuperables las enormes pendientes del monte San Isidro, arrastrando el cañón con cuatro parejas por un difícil y áspero sendero. A cada paso tenían que apartar piedras y troncos, o desatascar la narria, o vencer obstáculos que la desigualdad del camino les ofrecía; trabajo de cíclopes que sólo pueden acometer y consumar la ruda perseverancia, la inquebrantable adhesión a una causa más religiosa que política, cualidades asistidas de un vigor muscular a toda prueba. Todo esto lo tenían aquellos hombres, almas encendidas en ingenuo fanatismo, cuerpos atléticos. Eran niños en el sentir, gigantes en el hacer; cuando parecían extenuados, de su cansancio sacaban nuevos bríos.

Dificilísima fue la ascensión a San Isidro; penoso el descenso hacia Urralegui, en la noche oscura, rodeados de una densa neblina, que al amanecer se hizo de tal manera espesa que no sabían por dónde andaban.

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