Explore "Las Tormentas del 48" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Alegría insensata y sombríos temores alternaban en mi alma desde aquel día. ¡Amor, conciencia, cuán desacordes vais comúnmente en la vida humana! Amargaban la dulzura de mi juvenil triunfo sobresaltos y presentimientos tristísimos, y mi felicidad en ellos se disolvía como la sal en el agua. Perseguíame el espectro del Cardenal pronunciando la acusación y cruel sentencia que yo merecía, y en mis sueños me visitaba, y despierto le sentía próximo a mí. Seguramente no tendría yo valor para poner mi rostro pecador ante el de Su Eminencia. El temido rayo de sus ojos me haría caer exánime; me faltaría valor aun para pedirle perdón de mi vergonzoso ultraje a la ley de hospitalidad.
Algún alivio me dio la noticia, por la propia Barberina comunicada, de que el Cardenal no parecería en mucho tiempo por Albano, ni aun de paso para Castel Gandolfo. Desde Frascati, deteniéndose en Roma sólo una noche, había pasado a Rímini, sin duda con una misión secreta de Su Santidad para el Embajador de Austria que allí veraneaba. Calculando mis huéspedes la duración de la ausencia por el equipo y servidumbre que Antonelli llevaba, presumían que iría también a Viena. No obstante estas seguridades de respiro, yo no tenía sosiego, y pedía fervorosamente a Dios que complicase los asuntos diplomáticos de la Santa Sede en términos tales, que mi protector tuviese que ir también a San Petersburgo, y de allí a Pekín, atravesando toda el Asia en camello, en elefante, o en otro vehículo animal de los más lentos.