Explore "La Campaña del Maestrazgo" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Echó D. Beltrán de su pecho, al oír tan consoladoras palabras, un suspiro muy grande, con el cual pareció que se descargaba de la pesadumbre de sus desdichas. Miró a la santa mujer, que al suelo inclinaba sus ojos sin expresar nada inteligible en su rostro de imagen. Pasado un ratito, la penitente miró al anciano, diciéndole: «Hora es ya de que descanse, señor. Por lo que hemos hablado, bien se ve que sus deseos son recoger ahora lo que le ofreció mi buen padre, cosa en verdad fácil en mi voluntad, pero dificultosa en la de Dios, que es quien dispone las cosas. No puedo darle tan pronto respuesta terminante, pues ello ha de ser muy pensado. Recójase ya, duerma tranquilo, y persuádase de que, puesto su negocio en mis manos, de la hija de Juan Luco no ha de recibir usted ningún mal, sino todos los bienes posibles.».
Aunque estas vaguedades no satisfacían por entero las aspiraciones de Urdaneta, que quería solución clara y pronta, fuese el hombre al camastro esperanzado de lograr sus deseos, y confiando en la rectitud de la piadosa mujer. Pasó la noche intranquilo, febril, y en los breves ratos de sueño creíase transportado a subterráneos de castillos o criptas de iglesias, donde entre tumbas aparecían ánforas llenas de plata y oro. Despabilado desde el alba, llamó a su criado para que le vistiera, y Tomé se apresuró a comunicarle lo que pensaba de la monja y de su compañía. «Señor, debe de ser santa, porque la vi de rodillas más de cuatro horas, y a ratos echábase de cara contra el suelo, y parecía que lloraba con ansias y congojas. Las otras dos mujeres también rezaban, aunque con menos figuraciones; para mí son, como ella, monjas desperdigadas y salidas. Yo no pude dormir del frío que hacía en aquella cuadra, y viendo tanto rezar, me puse a hacer lo mesmo. Los viejos y el muchacho, arrimaicos a la pared roncaban como tocinos».