La Campaña del Maestrazgo by Benito Pérez Galdós

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Horrorizado y tembloroso despertó el anciano, y lo primero que vio fue a Cabrera durmiendo, tendido en el suelo boca arriba sobre una manta, envuelto en su capa blanca y roja, la boina sobre los ojos para resguardarlos de la luz. El secretario, con violenta postura, escribía en la silla de tijera, y un ayudante que hacía cigarrillos sentado en la tierra, indicó a D. Beltrán con un signo que evitase el ruido para no turbar el descanso del General, que se había dormido después de salir el sol. A poco entró un ordenanza, y en voz muy baja dijo al prócer que fuera le esperaba desde el amanecer un señor comandante amigo suyo.

Echose de la tienda D. Beltrán, andando poco menos que a gatas por la gran debilidad que sentía, y encontrose a Nelet sentadito en una piedra, la cabeza entre las manos, el espinazo en violenta curva, imagen de la melancolía negra o de la desesperación. Después de tocarle en el hombro, el desmayado viejo encaminose a una cercana tienda, de donde un penetrante olor de fritangas le llamaba con reclamo irresistible. Tuvo la suerte de tropezarse allí con el teniente Pulpis, que inspeccionaba las sartenes; pidió que le dieran de comer, aunque sólo fuera pan y cebolla, y obtenido algo más confortativo y suculento, se puso a devorarlo mientras hablaba con Santapau, que se le arrimó al instante con apetito de conversación.

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