Explore "La Campaña del Maestrazgo" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Quedose D. Beltrán solito en las ruinas, lo que no era muy divertido para el pobre señor, pues el frío de la mañana le obligaba a requerir su abrigo, envolviéndose bien en el capote que le había traído Nelet. No menos de una hora estuvo rezando, atacado también de vagos temores, semejantes a los de Santapau, y a cada instante creía sentir blandos ruidos que le parecían el roce del sayal de la monja contra las piedras. «No -se decía-, no sentiré roce de vestidos ni de pisadas. Veré aparecer primero la cabeza, después los hombros, y sin hacer ruido alguno se me pondrá delante.». No veía nada el buen caballero; pero vio amanecer, y distinguió los telones de piedra desgarrados, en el centro de los cuales se encontraba; y cuando reconocía con su menguada vista la decoración, oyó voces efectivas, sílabas vibrantes de mujer y catarrosas de hombres, y. era ella, sí, Marcela, seguida de los enterradores, que aparecían por un hueco de los muros. «Aquí estoy, hija mía», gritó el anciano gozoso, sin miedo ya. Ligera como una corza saltó la beata por entre las piedras, y fue a besarle la mano al prócer, que besó también la de ella. Entre beso y beso dijo la penitente: «¿Y Nelet?
-Hija mía, no te asustes -replicó D. Beltrán, pesaroso de la mentira venial a que le obligaban las circunstancias. Está bueno; pero tan delicado en su convalecencia, que no le he permitido abandonar el lecho antes del día. En Horta le dejé, y allá nos vamos en cuanto tú y yo descansemos. Como se fijó este lugar para nuestro encuentro, he venido yo solito para que no creyeras que faltábamos a la cita.