Explore "La Incógnita" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Pues volviendo a lo mismo, Equis de mis pecados, te diré que encuentro a mi padrino más viejo de lo que yo me lo figuraba. ¡Pero qué chispa en aquella cara, qué ojos de lince, y qué gracia de dicción la suya! Tiene la cara enjuta, morena, bien afeitadita; el labio superior enérgico y velloso, casi negro de la fuerza del pelo bien descañonado; la nariz tajante, corta y unida al labio como si quisiera hacerlo suyo; la mandíbula robusta y saliente; los ojos vivos, bajo cejas tan pobladas que parecen dos tiras de terciopelo negro; la cabeza de perfectísima hechura, sin calva; el pelo con bastantes canas y cortado al rape. Si te digo que su perfil se me parece al del insigne cardenal de su mismo nombre y que tal vez es su pariente, no te digo más que la verdad. No lo creas si no quieres, hombre sin fe. Pertenece a la más genuina cepa castellana o extremeña; es seco como la tierra, agudo con toda la agudeza de la raza, duro y flexible como el clima de aquel país; mezcla de sagaz lugareño y de señor magnánimo, con no sé qué de fraile que lleva pistolas debajo del hábito. No te puedo expresar bien mis impresiones acerca de esta figura eminentemente nacional. Trae a tu imaginación aquellos guerreros afeitados que parecían curas, aquellos señores que parecían labriegos vestidos de seda, los comuneros de rostro recurtido por el sol y los hielos de Castilla; piensa en el Obispo Acuña, en el conde de Tendilla, en Torquemada, en San Pedro Alcántara, que sólo comía dos veces por semana; reconstruye el cuño de la raza y tipo de la madre Castilla, y entonces podrás decir: "Vamos, ya le tengo".
Habrás oído que mi padrino posee una buena colección de cuadros y antigüedades, parte por herencia de su hermano D. Diego, parte allegada por él. Y aquí, ¡oh ínclito Equis!, mi sinceridad me hace soltar una herejía, que de seguro leerás con indignación. Mas no me importa, y allá va: Me cargan las antigüedades. No iré tan lejos como el poeta, que, cuando se estaba muriendo, reunió a sus hijos y deudos en torno al lecho del dolor, para decirles con mucho misterio que le cargaba el Dante.