Explore "La Incógnita" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Ayer estuvo Augusta en la tribuna del Congreso. Fue con las de Trujillo, la marquesa de Monte Cármenes y otras damas ilustres. Por cierto que las infelices pasaron una tarde cruel, prensadas, estrujadas, y lo que es peor, aburridas, como quien va a un baile y se encuentra en un duelo. Desde los escaños, varios amigos y yo las mirábamos con piedad, deplorando no poder dar a los debates un carácter divertido y sainetesco para aliviar la tristísima situación de aquellas desgraciadas.
Nosotros, al menos, podíamos confortar nuestros decaídos espíritus contemplando aquella batería de mujeres, entre las cuales las había muy guapas. Pero ellas, ¿qué iban ganando con mirar calvas, presenciar una votación, el barullo de los que entran y salen, y el acto de encender el gas? Figúrate que fueron a oír a Castelar, a Cánovas y a todas las primeras partes, atraídas por el cartel parlamentario de aquel día, publicado en los periódicos de la mañana. Como habían madrugado por coger la delantera, al abrirse la sesión, a las dos y cuarto, ya estaban las pobrecillas medio fritas. La parte de la sesión destinada a preguntas las entretuvo un poco y aun las hizo reír, porque tuvimos discurso de chascarrillos. Hombre hubo además, que al hacer su preguntita, parecía que la brindaba a las señoras de la tribuna, mirándolas, como si la defensa del Ayuntamiento de Valderrediles de Abajo no fuese más que fórmula enigmática de una declaración amorosa.