Amadeo I by Benito Pérez Galdós — Read

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"¡Cómo está la sociedad! - exclamé yo . ¿Cuándo se vio pisto igual? ¿Es que Dios y Luzbel han llegado a un arreglo? Civilización de España, ¿quién te entiende? ¿Somos un país europeo, o aquel País de las monas descrito por un inglés de cuyo nombre no me acuerdo?". Viéndome tan triste, la bondadosa Celestina me administró estas palabras de consuelo: "Confórmese con lo sucedido, y no crea que se acaba el mundo porque se le va una novia. Mujeres hay muchas, y yo, si quiere, le proporcionaré una mejor que esa sosaina de Obdulita. Si sus negocios andan mal, y la pluma no le da para vivir, arrímese a lo católico, pues lo que es dinero no encontrará fuera del catolicismo. Si no tiene valor para meterse de hoz y de coz en el alfonsismo, no hable mal del hijo de su madre, ni le ponga motes feos, como el que le aplican ahora los que no le quieren, ni le saque a relucir al padre ni a la madre. Siga el consejo mío, que es consejo de persona que conoce como nadie el tecleo de este Madrid y su gente. Tenga juicio y pupila; váyase desapartando de los federales, familia tronada que no da más que palabrería sin jugo. No se meta con el Altísimo ni con el Papa, escriba para el Gobierno, y saque un buen destino, que si usted pega de firme a los que mandan, de ellos saldrá el amansarle con un cacho de turrón".

Aquella mujer ruda era una sabia de tomo y lomo, y yo la estimaba y agradecía sus consejos, sin tener en cuenta su ruin oficio, del cual dijo Cervantes que era muy necesario en la república. Debo declarar que antes de oír los sesudos consejos de Celestina ya había pensado yo en gestionar una colocación. Todos los españoles adquirimos con el nacimiento el derecho a que el Estado nos mantenga, o por lo menos nos dé para ayuda de un cocido. Los valedores a quienes acudí fueron Llano y Persi, amigo de Sagasta, y Ramos Calderón, íntimo de Rivero y de Martos. Ambos me las prometieron muy felices; pero. había que aguardar a que pasara el periodo electoral. Pasó el funesto periodo, y por cierto que el bueno de Práxedes manejó los cubiletes con arte maestro para traer mayoría; mas no pudo impedir que la coalición de carlistas y republicanos, diabólico himeneo, trajera setenta o más diputados.

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