Amadeo I by Benito Pérez Galdós — Read

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Doña María de la Cabeza Ventosa de San José, a quien respetuosamente inscribo con el número tantos en mi amoroso Registro, era una dama fresca y agraciada, de negros ojos, risueña boca, lucidas carnes, poseedora de dos tiendas de telas, una en la calle de Toledo y otra en la Concepción Jerónima, donde habitualmente residía. No diré que fuese una cabal hermosura; pero sí que tenía lo que llamamos un gancho fisionómico, un garabato facial, un mirar pillín y un fruncimiento de la boquita que a todos cautivaba, y con tal gancho a mí me pescó el alma, inspirándome una pasión que no vacilo en llamar volcánica.

¿Cómo la conocí? Pues los vaivenes de mi miseria me llevaron de nuevo hacia Córdoba y López, y Mateo Nuevo, que quiso arreglar mi complicada cuenta con la Casa Rostchild de Alamillo Square. Algo se aflojó con aquellas gestiones el dogal que me apretaba el pescuezo; respiré un poco, y por derivaciones naturales hice conocimiento con un vejete gracioso y pío, que llamaban Plácido Estupiñá, corredor de dependientes de comercio, el cual me exhortó a dejar la pluma por la vara de medir, y la literatura por la contabilidad mercantil. Intercedió noblemente con las opulentas casas de banca para que me dieran mayor respiro, y llevándome de tienda en tienda, di con mi persona en la de doña María de la Cabeza, que precisamente, ¡oh felicísima casualidad!, necesitaba un chico que supiera llevar cuentas. ¡Cielos divinos!, aquel chico fui yo. ¿Era sueño, era realidad? Estupiñá fue el alado mensajero de la Providencia que me llevó del abismo de la desesperación al pináculo de mi ventura.

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