Explore "Amadeo I" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
En lo restante de aquel Otoño, esta Nación sin ventura, como cuerpo en que circula sangre viciada, se llenó de granos, manchas eruptivas y forúnculos, síntomas de la enfermedad o gran barullo pronosticado por Ferreras. En todo el territorio del Norte, alta Cataluña, Maestrazgo, provincias de Levante, apareció la sarna de las partidas carlistas, y tras ellas vino el picor y desazón de las partidas republicanas. No sabía el Gobierno a dónde acudir primero: aquí salía del paso rascándose; allá se aplicaba emolientes; nos contentábamos con ir viviendo, con ir tirando, mientras el mal estuviera limitado a la fea y desapacible afección dermatológica. Continuaban infructuosamente mis diligencias para encontrar a la Madre Mariana. Si por una parte me dolía mi orfandad, por otra tuve algunas satisfacciones de carácter doméstico. La intranquilidad en que Obdulia y yo vivíamos se calmó con las noticias que de Villaviciosa trajeron el ordinario y otras ordinarias personas. Lejos de mejorar, Aquilino iba de mal en peor, por la falsa soldadura de la clavícula, y aún tenía camastro para otros dos meses o más. Eso íbamos ganando.
Con los dinerillos que dio a mi mujercita la Marquesa de Navalcarazo, por ciertas labores de aguja, y algo que yo ganaba escribiendo en El Diario del Pueblo, fundado por mi amigo Valero de Tornos, pagábamos nuestro pupilaje, y aún nos restaba para menudencias y honestos placeres. Debo decir, entre paréntesis, que en mi Obdulia se armonizaba el romanticismo con las cualidades del perfecto economista. Gracias a ella podíamos regalarnos diariamente en La Perla, yo con mi café, ella con su vasito de leche merengada.