Bodas Reales by Benito Pérez Galdós — Read

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Con estas turbulencias y estos dramas parlamentarios, agudísimo acceso de la dolencia de la Nación, vivía en gran zozobra la buena de Doña Leandra, viéndose obligada a repetir: ni se muere padre ni cenamos. Si no se determinaba la mudanza, tampoco se veía claro lo del destino, porque caído y arrastrado por los suelos Olózaga, lo más seguro era que su sucesor revocara todos los nombramientos hechos por aquel. La familia, pues, estaba con el alma en un hilo: ni se realizaba el bien supremo de volverse todos a la Mancha, ni el problema de la vida en Madrid se les presentaba claro. Provechosa sería tal vida, aunque triste, si la posición de Carrasco fuese tal como de sus méritos podía esperarse, si a las chicas les salieran excelentes partidos, si los pequeños adelantaran en sus estudios y se hicieran ilustradillos, en disposición de seguir brillantes carreras. Pero la realidad no acababa de confirmar las risueñas ilusiones. Siempre que Doña Leandra hablaba a su esposo de la poca gracia que le hacía Madrid, se le nublaba el rostro a D. Bruno, y dejaba escapar suspiros como catedrales. Sin duda, no bastando las rentas de la propiedad manchega para sostenerse, el buen señor se había visto obligado a contraer deudas, con lo cual y las cosechas flacas y el dispendio gordo, y los arrendamientos en deplorables condiciones por favorecer a parientes menesterosos, la riqueza de la familia, grande para la Mancha, cortísima para Madrid, iba cayendo y rodando por un despeñadero cuyo fondo no se veía.

Observó Doña Leandra, en la primera semana de Diciembre, que se agravaban las melancolías de D. Bruno, como si en el proceso parlamentario de Olózaga fuese él y no Salustiano el acusado a quien los palaciegos maldecían. Había tomado el manchego como cosa suya el tremendo litigio, y en su solución se interesaba cual si en ello le fuese la vida. Diariamente daba noticias a los suyos de cuanto en el reñidero de la Plaza de Oriente iba pasando: los discursos terribles de los acusadores, la defensa de Cortina y la que de sí propio hizo el supuesto delincuente. Ponderaba el valor cívico, el sólido argumento, la palabra elegante, la sinceridad, la ironía, todo lo que, a juicio del informante, hacía de Olózaga orador más completo que los llamados Cicerón y Demóstenes, de tiempos muy antiguos. Según D. Bruno, convertido de acusado en acusador, se había crecido tanto el hombre, que ya no se le veía la cabeza de tan alta como estaba.

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