Bodas Reales by Benito Pérez Galdós — Read

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Si la opinión de Doña Leandra, cuando de política trataban en la familia, había sido hasta entonces de muy escasa autoridad, ya D. Bruno y las hijas empezaban a oírla con respeto, observando que cuantos vaticinios hacía la señora se cumplían estrictamente. No había más razón de esto que la amistad de Cristeta, puntual proveedora de noticias traídas del propio cosechero, dígase de Palacio. Según rezaba el catecismo del Régimen, debían dirigir la política la opinión y el Parlamento; pero una y otro, viviendo de acaloradas pasiones, carecían de poder para dar impulso a la gran máquina. Meneaban ésta manos obscuras, desconocidas entonces, pero que andando los meses y los años habían de ser descubiertas y sacadas a luz, como verá el que leyere. La inocente Reina, lanzada en el torbellino sin guía, sin consejeros leales, sin maestros de alta virtud y práctico saber, no hacía más que desatinos. No es justo culpar a la pobre niña, sino a los que pusieron la Nación en sus manos, como un juguete complicado cuyo manejo se reservaban el interés y la ambición.

Sustituido Narváez por Miraflores, no pasó mucho tiempo sin que la nueva sibila, Doña Leandra, vaticinara que los días del buen Marqués estaban contados. «Ya veréis -dijo a la familia-, cómo con todo su aparato de decretos y su mayoría de Cortes le ponen en la calle para que vuelva Narváez, el único que sabe aquí meter en cintura a toda esta pillería». Cumpliose el vaticinio, y no llevaba el de Loja quince días de mando, cuando la profetisa volvió a entrar en funciones, diciendo: «Veréis al temerón patas arriba antes de una semana, porque, según parece, no ha dado gusto a las señoras, que ahora querían fundar un reino nuevo en un país de América que lo llaman Méjico, y poner en él a cierto caballero príncipe de la familia de Muñoz». Realizose también aquel atrevido pronóstico, y de la noche a la mañana, como por juego caprichoso, mandaron a Narváez a su casa, de allí a una embajada, que era como destierro, y en el gobierno de la Nación le sustituyó D. Javier Istúriz, el más ferviente partidario y adorador de la Reina Cristina, tan devoto de la hermosa Reina italiana, que a ella sometía por entero su voluntad y sus ideas. Fue Istúriz uno de estos hombres de viva inteligencia que jamás hicieron cosa de provecho, por falta de carácter y de ideales patrióticos. Liberal de abolengo, criado en el volterianismo y en la cultura moderna, tiraba a lo reaccionario por odio a las groserías del Progreso y aborrecimiento de la Milicia Nacional.

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