Explore "Bodas Reales" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
En estas malquerencias y confusiones estaba Doña Leandra aquella noche, cuando su marido, viéndola poco menos que dada a los demonios, apresurose a poner en su conocimiento un hecho de segura eficacia para sosegar su ánimo. «No quise hablarte de ello esta mañana -le dijo-, porque Lea me encargó que guardase el secreto hasta que supiéramos a ciencia cierta las intenciones del sujeto. Ya traigo lo que nos faltaba, porque he hablado con él esta tarde, y vengo seguro de que hay formalidad. Tenemos, sí, otro novio en puerta. Ya que has adivinado el caso, adivíname la persona. ¿Pero no caes, mujer?. No te devanes los sesos, y entérate de que el nuevo pretendiente de nuestra hija es Vicente Sancho, distinguido mancebo de la botica de Palacio, y por añadidura paisano nuestro y pariente».
No pareció Doña Leandra disgustada de la noticia, y D. Bruno completó sus informes relatando el cuándo y cómo de la emergencia de aquel noviazgo. A diferentes personas había manifestado Vicentillo que Lea le gustaba, y que a pedirle relaciones se atrevería si le asegurasen acogida benévola. Pocas palabras habían mediado a solas entre el boticario y la niña, en la casa de los padres, un domingo que estuvo de visita; pero las cortas expresiones, dichas con tartamudeo y poniéndose el hombre más rojo que las amapolas, bien claramente daban a conocer la intensidad de su amorosa llama. Por confidencias de varios amigos con quienes Vicente se franqueaba, enterose del caso D. Bruno, el cual, después de hablar con su hija, apercibió al mancebo para una conferencia sobre materia de tal importancia. Efectuada en la botica de Palacio aquella misma tarde la entrevista, resultó que Vicente Sancho sentía la más honesta de las inclinaciones hacia Leandra, en quien veía su bello ideal (así como suena), y decidido estaba a unirse con ella en santo vínculo.