Explore "Bodas Reales" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
No iba descaminada Doña Leandra en abominar de El Correo de las damas, porque el repartidor de este semanario, que también lo era de El Clamor, porteaba las cartitas que acabaron de soliviantar a la desdichada Eufrasia. En cuanto cenó la enferma, pudo Lea confirmar el vuelo fugaz de su hermana, a quien ayudó en su evasión la bestial Maritornes. Llegó Vicente un poco tarde con la triste noticia de haber revuelto medio Madrid sin encontrar al sensato D. Bruno. «Mi opinión -dijo el mancebo a su amada-, es que nos lavemos las manos. Hemos hecho cuanto podíamos por contenerla. Sus ganas de perderse han podido más que nuestros esfuerzos porque se salvara».
Cuidose Lea de acostar a su madre, y esta le dijo: «Mira si estaré trastornada: he creído hace un rato que oía la voz de Vicente. Bien sé que me engaño: es tan comedido el pobre chico, que no hará la tontería de comprometerte viniendo aquí de noche, en ocasión que yo no puedo valerme. tu hermana en casa de la viuda y los chicos en el teatro. De Vicente nada temo, porque es un santo, y aunque le tuvieras ahí escondidito, como si no.».