Explore "Los Ayacuchos" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Distraídos en vago coloquio, marchaban los dos caballeros a vanguardia de la escolta y coches, conservando distancia como de medio tiro de fusil, y de improviso, por fácil transición, D. Fernando fue a parar a lo siguiente: «No te valen tus artificios para desvirtuar tu historia en los últimos meses, Santiago. Es ridículo que con tantas reservas quieras tapar sucesos que casi son del dominio público. ¿Qué me das si te cuento todo el argumento del drama que te ha traído a esta situación, drama que tú creías desenlazado, y ahora resulta que vengo yo a ponerle un epílogo?. No me interrumpas, canastos, que no he de callar aunque me lo pidas de rodillas. A principios del 42, cuando volviste de Vitoria enfermo y medio trastornado de la impresión que te dejó el fusilamiento de tu amigo Montes de Oca, fuiste a caer de nuevo en la jurisdicción de la Milagro, a quien encontraste hecha una santa, deteriorada su belleza con el llorar continuo, y no pensando más que en soledades, amarguras y penitencias. No tardaste en hacerle el dúo, que nada es tan contagioso como estas enfermedades de la sanidad en las almas apasionadas y soñadoras. Pero el diablo, que con más diligencia se mete allí donde no le llaman, se metió entre vosotros, y tanto hizo el maldito, que de la noche a la mañana, atizando candela en vuestros corazones, convirtió vuestro misticismo en amor, y he aquí que mis dos santos, Santiago y Rafaela, ven más fácil, cómodo y seguro irse derechos al matrimonio que a la canonización. Rafaelita era ya viuda.
-Te diré. Es preciso que comprendas.