Explore "La Revolución de Julio" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Abril de 1854. Recibo un pliego en sobre con filetes de luto. «¡Quién se habrá muerto!», digo al abrirlo, no sin ligero temblor, porque me asustan las defunciones de personas conocidas. Resultó que no era un muerto, sino un vivo que coleaba, un papel clandestino titulado El Murciélago. Leo en él furibundas diatribas contra los polacos. Cada párrafo es emponzoñada flecha, o un canto muy duro disparado contra cabezas altas y medianas. Los anuncios son crueles epigramas. «El que desee conseguir un destino, diríjase a don Fulano de Tal. En el Ministerio de Fomento darán razón. La cantidad que se estipule, se ha de dar anticipadamente. No se admiten corredores». Versos no mal construidos ponen en la picota a los Ministros, y en ella reciben una zurribanda de azotes. A San Luis se le llama el condesillo; lacayos a los Ministros; a la Corte, centro de liviandades. En el pie de imprenta se lee: «Editor responsable, don José Salamanca.- Imprenta del Conde de Vilches».
Luego vi que todos mis amigos lo habían recibido. El maldito pájaro, metiéndose por ventanas y puertas, visitaba las moradas de próceres y magnates. ¿Lo habrán encontrado la Reina en su tocador, y el Rey en su reclinatorio? Ya se lo preguntaremos a Cristeta Socobio y a doña Victoria Sarmiento, que me parece a mí que están en el ajo, y se dejan caer del lado de la conspiración. Éstas dos naturalezas astutas, ratoniles, criadas en los escondrijos de Palacio, olfatean ya el nuevo queso. No necesito decir que el periódico misterioso tiene en Madrid un éxito colosal. Su aparición ha sido como un rocío del Cielo para las almas resecas del odio al polaquismo. No hay idea de lo que a las muchedumbres regocija y entusiasma ver en letras de molde las opiniones subversivas, que ahogadas nacen en la conversación privada. Se ensancha el pecho viendo que el periódico dice lo que pensamos y aún más, con nuevas gracias, y sin pedir perdón por el modo de señalar. Todo el que posee el primer número de El Murciélago se cree dichoso mortal: lo enseña con precaución; hace constar que lo recibió directamente, con sobrescrito a su nombre, prueba de lo mucho que le estiman los incógnitos redactores; coge a los amigos por la solapa y les conduce al reservado de un café para leerles el papelito; niégase a transmitir a manos extrañas aquel tesoro; ofrece sacar copias, para que corra, y las saca con extrañas adiciones. Todo el mundo quiere ser Murciélago. He leído en las copias del primer número: «La Muñoza y consorte, esa familia rapaz.». Persignémonos.