Explore "La Revolución de Julio" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
¿Julio todavía?. No sé en qué día vivo.- Sigo contando, y describiré brevemente las batallas que andaban dentro de mí. Mi alma era toda tristeza, considerando cuán poco soy y cuán poco valgo. ¡Entre aquellos hombres inocentes y rudos que perciben un ideal y corren ciegos tras él menospreciando sus propias vidas, y yo, existencia infecunda, inmóvil pieza de un mecanismo que anda sólo a medias y a tropezones, qué colosal diferencia! Ellos me parecían materia viva, aunque tosca; yo, materia inerte, ociosamente refinada. Ellos marchan; yo permanezco apegado al suelo como un vegetal. Ellos son elemento activo; yo, formación petrificada del egoísmo y de la pereza. Para consolarme de la envidia que me punza el corazón, pienso en la barbarie de ellos; comparo su grosería con mi finura, y su ignorancia con las varias erudiciones de segunda mano que me adornan. Pero esto no me vale, y en lo mejor de mis comparaciones, les veo agigantarse, mientras yo, de tanto empequeñecer, llego a ser del tamaño de un cañamón. Ellos trabajan rudamente todo el año para vivir con estrechez, y yo vivo de riquezas que no he labrado, y de rentas que no sé cómo han venido a mí. Y viviendo en la inactividad, amenizando mis ocios con el recreo de ver pasar hombres y cosas, ellos se lanzan a la hechura de los acontecimientos, a impulsar la vida general, y a desenmohecer los ejes del carro de la Historia. Ellos dan su hacienda corta y su vida, no por el beneficio y mejora de sí mismos, y de la clase a que pertenecen, sino por la mejora de toda la sociedad. Si algo bueno resultare de esta revolución, no será para ellos, que seguirán tan pobres, obscurecidos y bárbaros como antes, mientras recogen el fruto de la mudanza política los camastrones que han cultivado y adquirido la agilidad oratoria, o los áureos gandules como yo.
No me conformo con esta inferioridad a que me condena mi propio juicio, y evoco toda mi voluntad para ver si en ella encuentro fuerza bastante con que acometer algo que a tales hombres me iguale. ¿Qué puedo hacer? ¿Coger un arma y lanzarme a la pelea junto a esos admirables ciudadanos? No, porque ya sé lo que ha de pasarme si me meto a revolucionario de acción. Me faltará ardimiento, la fiera impavidez ante el peligro. Me figuro que intento ponerme a disparar tiros en una barricada, y antes de empezar me sentiré invadido de un sentimiento humanitario, incompatible con el heroísmo bélico. Vamos, que si suelto el tiro con buena o mala puntería, y tengo la desgracia de matar a un pobre soldado, he de afligirme como si a mi propio hermano matara. No, no: he de buscar un heroísmo que no sea el militar. Pues ¿qué, entonces? ¿Recoger y asistir a los heridos, exponiendo mi cuerpo a las balas, como si éstas fueran motitas de algodón? ¿Predicar de casa en casa y de pueblo en pueblo las doctrinas salvadoras, y no cejar en ello, desafiando persecuciones, cárceles, presidios y la muerte misma? Estos y otros medios de elevación moral iban pasando por mi mente, sin que me decidiera por ninguno, pues aunque todos me parecieran buenos, yo ambicionaba el mejor, el insuperable. Había de ser algo que yo fuese a buscar a los más eminentes espacios de la bondad humana.