Los Apostólicos by Benito Pérez Galdós — Read

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-¡Barástolis!, que estamos enterados -dijo Cordero comiéndose las últimas almendras del postre.

Pero el famoso Alelí no paró mientes en estas palabras, y empezó a rezar en acción de gracias por la comida. Poco después se habían levantado los manteles, y los muchachos, bien fregoteadas las manos y la boca, tornaron a la escuela. D. Benigno, que acostumbraba dormir muy breve siesta, la suprimió aquel día y bajó sin demora a la tienda porque la comida había sido aquel día más larga que de ordinario. Doña Crucita que no podía pasarse sin su regalado sueño de dos o tres horas, se fue a su cuarto, llevando en un plato las golosinas con que solía obsequiar en tal hora a sus queridas alimañas, y tras ella se fue Juan Jacobo, con el sombrerón del padre Alelí encajado en la cabeza hasta tocar los hombros, y en la mano un látigo que él mismo había hecho con una orilla de paño amarrada al mango roto de un molinillo de chocolate. Alelí buscó el blando acomodo de un sillón que en el testero del comedor estaba, y que parecía decir dormid en mí con la suave hondura de su asiento, la inclinación de su viejo respaldo gordinflón y la curva de sus cariñosos brazos. Allí dormía antaño la siesta doña Robustiana, y allá solía hacer sus digestiones el buen Alelí, las cuales no eran difíciles, por ser él la sobriedad misma.

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