Explore "Los Apostólicos" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
En tanto que esto pasaba en casa del vendedor de encajes, doña Jenara y Pipaón andaban atortolados por el ningún éxito de sus averiguaciones, y los días iban pasando y la sombra o fantasma que ambos perseguían se les escapaba de las manos cuando creían tenerla segura. El terrible democracio albergado en la Trinidad resultó ser el más inocente y el más calavera de todos, hombre que jamás haría nada de provecho fuera de las hazañas en el glorioso campo del arte; gran poeta que pronto había de señalarse cantando dolores y melancolías desgarradoras. No sabiendo cómo lo recibiría la policía, acogiose a los frailes Trinitarios por indicación de Vega, que en aquella casa cumplió seis años antes su condena, cuando el desastre numantino. Los empeños de su familia y amigos le consiguieron pronto el indulto, y decidido a ser en lo sucesivo todo lo juicioso que su índole de poeta fuera compatible, solicitó una plaza en la Guardia de la Real Persona que le fue concedida más adelante.
Bretón, desesperado por las horribles trabas del teatro, marchó a Sevilla con Grimaldi, autor de la Pata de cabra. Vega, que luchaba con la pobreza y era muy perezoso para escribir, quería hacerse cómico y aun llegó a ajustarse en la compañía de Grimaldi. Considerando esto los amigos como una deshonra, pusieron el grito en el cielo; pero como los alimentos no podían sacar al poeta de su atolladero, fue preciso echar un guante para rescatarle, por haber cobrado con anticipación parte del sueldo de galán joven. Grimaldi era un empresario hábil que sabía elegir la gente, y en su memorable excursión por Cádiz y Sevilla, dio a conocer como actriz de grandísima precocidad a una niña llamada Matilde, que a los doce años hacía la protagonista de La huérfana de Bruselas con extraordinario primor.