Los Apostólicos by Benito Pérez Galdós — Read

Explore "Los Apostólicos" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.

Jenara no vio tal carta. Llamáronla a cenar y cenó. Después doña María del Sagrario, siguiendo su tradicional costumbre, que por lo infalible debía haberse puesto en el Almanaque, se quedó dormida en un sillón, mientras Micaelita y Bragas, que acababa de entrar, se secreteaban de lo lindo en el comedor. La dama huésped esperó a que Tablas y la criada cenasen también para ir con aquel al rincón de los muebles viejos donde solían hablar de cosas reservadas. Llegó la ocasión y Tablas, que obedecía servilmente a la señora y era como un esclavo, por la cuenta que le tenía, contestó a las apremiantes preguntas de esta manera:

-Fue a las dos en punto. El señorito don José, el Sr. D. Celestino y yo habíamos convenido en que las dos era la mejor hora. Yo di al carcelero las onzas que me dio el Sr. D. Celestino y el carcelero pidió más, y le llevé más, y luego dijo que no era bastante y se le dieron otras pocas onzas. Al preso le llevé las mangas con galones de teniente coronel, y la gorra de cuartel, que eran el trapo para engañar a cualquier carcelero de sentido. Ya se le había llevado puñal y pistola y un cinto de onzas, que son la mejor brega para parar los pies a la justicia y hacerla que obedezca al engaño. El carcelero y yo habíamos convenido en correr el cerrojo sin echarle el gancho, y D. Salustiano tenía ya una cuerda para descorrerle desde dentro. Para que no hiciera ruido untamos de aceite al cerrojo. El preso salió: yo no sé cómo se las compuso para que no ladraran los dos grandes perros que se quedan todas las noches en el pasillo. Debió de echarles pan o hacerles maleficio, porque aquellos animales no se empapan en el engaño. Ello es que bajó y por la escalera se le apagó la luz y tuvo que volver a subir para encender otra. Yo le sentía desde abajo y no me atrevía a ayudarle ni a decir esta boca es mía, por miedo a que los carceleros se escurrieran fuera percatándose del engaño. Todos habían recibido sus pases de dinero para que se atontaran; pero yo no tenía confianza y estaba con el alma en un hilo, esperando a ver qué tal se portaba la cuadrilla. Por fin, señora, apareció el preso en la sala de guardia de la cárcel donde estábamos varios, algunos vendidos y otros que no se habían dejado comprar, echándoselas de bravos y boyantes. Yo les había convidado a beber y estaban un poco fuera de la jurisdicción del tino. Al ver al preso se quedaron pasmados. Venía con la capa terciada, enseñando la manga derecha y los galones de oro. En aquella mano traía un puñal, y en la otra la muleta o sea un puñado de onzas. ¡Qué momento! D. Salustiano arrojó al suelo las onzas y amenazó con la herramienta gritando: ¡onzas y muertes reparto!. Allá voy.

Reading navigation