Explore "Los Apostólicos" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
A principios de Setiembre todavía el benignísimo D. Benigno no había podido allanar aquel endiablado obstáculo de los papeles. El agente no contestaba nada de provecho, y todo era dilaciones, por lo cual Cordero, que ya iba perdiendo la paciencia, determinó hacer un viaje a Madrid para comunicar algo de su inquietud y de su prisa al Sr. Carnicero. El héroe había resuelto encontrar los papeles, aunque tuviera que ir por ellos a la misma villa de La Bañeza o al fin del mundo. Así lo dijo al partir, despidiéndose para poco tiempo.
Dos días después de su partida estaba Sola en una de las piezas altas, ocupada, por más señas, en pegar botones a una camisa de su futuro esposo, cuando recibió aviso de que un señor acababa de llegar a la finca y deseaba hablar con la señorita. Comprendiendo al punto quién era, Sola se quedó como estatua, sin habla, sin ideas en la cabeza, sin sangre en las venas, sintiendo una alegría disparatada, que al mismo tiempo era pena muy viva, y miedo y cortedad de genio. Ella sabía quién era el visitante; se lo decía aquel mismo azoramiento súbito en que estaba y el horrible salto de su corazón alarmado. Había tenido noticia por D. Benigno, dos semanas antes, de la aparición de Salvador en Madrid, padeciendo con esto un trastorno general en sus ideas. Pocos días después había recibido una carta del mismo anunciándole visita, y desde que recibiera la carta el barullo de sus ideas y la estupefacción de su alma habían aumentado. Grandes cosas se preparaban sin duda, anunciándose en la infeliz joven con sentimientos de miedo y espasmos de alegría. Armándose de valor, se dispuso a recibir al que un tiempo se llamó su hermano. Mientras se arreglaba un poco para presentarse a él, miró por la ventana. Allá abajo, entre los olivos, había un caballo, sujeto por un muchacho de la casa. Era el caballo de él. La puertecilla de la huerta por donde se pasaba para llegar a la casa, estaba abierta. Él la había dejado abierta al pasar. En la salita baja se sentían pasos. Eran sus pasos.