Los Apostólicos by Benito Pérez Galdós — Read

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Todos los manipuladores de aquella intriga se agitaban mucho, pero ninguno como Pipaón, el correveidile de Calomarde, el que tan pronto llevaba un recado al embajador de Nápoles, caballero Antonini, como un papelito al Padre Carranza para que lo diera a las infantas. Cuando el barullo cesó en los salones y empezó a reinar un poco de sosiego, el bueno de Bragas retirose con Calomarde y Carranza a una pieza lejana donde estuvieron charlando acaloradamente y revolviendo papeles y haciendo números hasta por la mañana. Cuando amaneció tenía la augusta cabeza tan caldeada por el hervir de ideas y proyectos que en aquella cavidad bullían, que juzgó prudente no acostarse y salir a los jardines para dar algunas vueltas. Largo rato estuvo recorriendo alamedas y bosquecillos de tallado mirto, pero sin parar mientes en la hermosura de la Naturaleza en tal hora, porque su ambición ocupaba al cortesano todas las potencias y sentidos. Así la deliciosa frescura de la mañana, el despertar de los pajarillos, la quietud soñolienta de la atmósfera, la gala de las flores humedecidas por el rocío, eran para aquel infeliz esclavo de las pasiones, como páginas de un idioma desconocido, del cual no comprendía ni una letra ni un rasgo. Ciego para todo menos para su loco apetito no veía sino la cartera ministerial, el sueldazo, las obvenciones, las veneras, el título de nobleza y todo lo demás que del próximo triunfo de los apostólicos podía obtener.

Junto a la fuente de Pomona tropezó con D. Benigno Cordero, que volvía de su paseo matinal. Era hombre que madrugaba como los pájaros y daba paseos de leguas antes del desayuno. Aquella mañana el héroe estaba tan meditabundo como Pipaón; pero por diferentes motivos.

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