Explore "Los Apostólicos" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Al llegar aquí, el narrador no puede contener el asombro que le produce el peregrino suceso que va a referir, y deteniendo su relato, exclama: ¡Oh admirables designios de la Providencia!, ¡oh vanidad de los cálculos humanos!, ¡oh peligro de jugar con las cosas del Cielo, eslabonándolas con los apetitos e intereses de un bando político! De este modo el ánimo del lector queda perfectamente dispuesto para saber que Dios Todopoderoso, que sin duda tenía a D. Carlos en más estimación que al partido apostólico, atendió al ruego que con amor fraternal y piedad cristiana le dirigió este; y así dispuso que Fernando, ya casi muerto, tornase a la vida, dando al traste con las esperanzas de lo que el obispo de León llamaba el partido del Altísimo. De este modo el Padre de todas las cosas abandonaba a su grey en lo mejor de la pelea, seguido de la Generalísima, a quien también pidió muy ardientemente D. Carlos la vida de su hermano. Hasta con su cristiandad se perjudicaba a sí mismo D. Carlos como jefe visible del partido absolutista-religioso, y si lo dejaran rezar mucho, es fácil que los furibundos apostólicos perdieran todas las batallas cortesanas y marciales que en lo futuro habían de dar.
Fernando se aletargó por la noche. Todos le creyeron muerto y la tremenda noticia circuló por el Real Sitio, llegó hasta Madrid y aun fue trasmitida a las Cortes europeas. Pero a la mañana siguiente, de aquel cadáver volvieron a salir quejas y suspiros, se reanimó con oportunas sustancias y medicinas, y en Palacio y en los jardines no se decía sino el Rey vive, el Rey vive; frase de consternación para algunos, de esperanzas para los menos.