España Trágica by Benito Pérez Galdós — Read

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La cuidadosa ternura de la madre y de toda la familia, el padrastro inclusive, apartaron a Vicente del disparadero; mas esto no fue obra de pocos días. Lucila no le permitía salir, ni tampoco entregarse desmedidamente a la lectura. A los amigos dio licencia para que le acompañaran algunos ratos, y en lo restante del tiempo ella se cuidaba de entretenerle y sosegarle como Dios le daba a entender. Por su madre supo el dolorido que a los dos días de la defunción llegó Demetria, hermana de Gracia, con su hija mayor. No habían venido antes por ignorar la gravedad y peligro del caso. Lo primero que determinaron las dos hermanas, después de desahogar con lágrimas su pena, fue abandonar la triste casa de Carabanchel, y así lo hicieron aquel mismo día, instalándose en Madrid. «Demetria es muy simpática -dijo Lucila-, inteligentísima y más dispuesta que su hermana. En cuanto tú te serenes, hijo mío, iremos a visitarlas».

Deseos tenía Vicente de abrazar a don Santiago y de saludar a la noble familia que tuvo por suya, y a la cual se sentía ligado para siempre por fibra de amor y respeto; pero su primera salida fue para visitar y contemplar con melancolía extática el nicho de San Justo en que apagado yacía el Lucero de la tarde. La madre le acompañó en este religioso acto: ambos lloraron y mudamente anegaban su pensamiento en las tristes memorias, doliéndose del corte brusco que Dios suele dar a las dichas humanas y a las glorias apenas nacidas. Como el caballero se lamentara de la ruindad del nicho, señalado tan sólo con un tosco número y la inscripción del nombre, la celtíbera, lacrimosa, le dijo: «Hijo del alma, ya sabes que es provisional, y que cuando pase el tiempo que marca la ley, será trasladado el cuerpo al magnífico panteón de la familia en La Guardia.

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