España Trágica by Benito Pérez Galdós — Read

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Pasado un lapso de tiempo inapreciable (como toda fracción de tiempo perdido), y disuelta la tertulia, Halconero bajaba por la Costanilla de los Ángeles llevando a su lado a Segismundo García Fajardo; delante iban Bravo y Santamaría, el cual, después de secretearse un instante con su amigo, entró en la casa del Infante. Siguieron los tres por la calle del Arenal. Enrique encontró a su amigo Felipe Ducazcal y se fue con él; Segismundo se metió en San Ginés, donde, según dijo, ojeaba una conquista. ya le contaría. caza mayor. una hermosa res de las que corren a la querencia del coto eclesiástico, y en él había que perseguirla y cobrarla.

Despidiéronse a la entrada del patio, y Vicente se alegró de encontrarse solo. Cabizbajo marchó a su casa, condoliéndose de que en su alma no encontraba calor nada de lo que en derredor suyo veía. La política callejera le hastiaba cada día más. Amaba al pueblo; pero no había sabido ponerse a tono con él, ni logró tampoco armonizar con las pasiones populares la ciencia extraída de los libros. El clamoreo de los clubs, la gárrula y ociosa charla de cafés y cafetines, que un día le divirtieron, ya le fatigaban. Veíase metido en el charco de las ranas pidiendo libertad, y la algarabía de aquellos batracios le resultó más molesta y jaquecosa que la de los que pedían un rey, siquier fuese de palo. Diariamente veía crecer Halconero el vacío que en su existencia dejó la muerte de Fernanda; vacío de sentimientos no más, pues las ideas abundaban y crecían con extrañas ramificaciones.

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