Explore "España Trágica" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Vieron los amigos que los coches paraban en el lugar llamado Portazgo de Alcorcón, y que de ellos descendían caballeros que, unos tras otros, tiraron a pie hacia la derecha. Vicente y Bravo apresuraron el paso, carretera adelante, para tomarles las vueltas. Largo trecho anduvieron, sin poder penetrar en el coto militar: aquí encontraban cierre de alambres, allí un soldado que les cortaba el paso. Por fin Bravo, adelantándose a su amigo, logró la condescendencia de un oficial, que permitió la entrada con tal que observasen exquisita discreción, permaneciendo lejos del sitio del lance. Admitidos en el vedado, los dos jóvenes hubieron de caminar a la ventura, procurando orientarse. El terreno era extenso, ondulado, con pabellones y casetas aquí y allá, raso de arboledas, resplandeciente de luz vivísima y batido por aires matinales de picante frescura.
Aturdido del vago correr en distintas direcciones, y deslumbrado por la luz, Halconero sentía el cansancio precursor del aburrimiento. Llegó con su amigo a un lugar donde vieron un alto y abultado armatoste, formado con vigas y planchas de hierro: era el blanco del tiro de cañón, enorme pantalla que les permitió parapetar su curiosidad en acecho de la comedia o tragedia que se preparaba. Al amparo de aquel biombo robusto, abollado por los proyectiles, se tumbaron en el suelo boca abajo, postura de lagartijas con que fácilmente ocultaban sus personas, y en tal situación divisaron a los caballeros que en dos grupos avanzaban y retrocedían, como escogiendo lugar adecuado para la justa. Contaron unas diez personas: los dos adalides, tres padrinos para cada uno, y otros dos, que debían de ser médicos. Tanto se aproximaron algunos, que Halconero vio brillar los lentes de Montpensier. La preparación del duelo se efectuaba con exactitud parsimoniosa, semejante a las ceremonias litúrgicas.