Explore "España Trágica" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Solos al fin Halconero y Enrique, este seguía encadenando con sus dos brazos al amigo, que, poseído de frenética indignación, no se arredraba ante el número y fuerza superior de la mesnada de Paúl. «¿Pero estás loco? ¿Qué podemos nosotros contra esa cuadrilla de bárbaros armados de trabuco? ¿Traes revólver?. ¿No?. Pues yo sí, y no lo saqué, porque de nada me habría servido. Cálmate, y reflexiona. En rigor, no debes considerarte agraviado por las palabras soeces de un hombre que trae esta noche dentro del buche una bodega tan grande como las que tuvo en Jerez. ¿Qué adelantas ahora con provocarle si él había de poder más que tú?. Lo que te digo. Las injurias de ese botarate no deshonran más que al mismo que las pronuncia».
No cedía la furia de Vicente; pero la descomunal tensión muscular y nerviosa tocó a su fin, y el hombre habría caído al suelo si su amigo no le sostuviera. «Busca donde pueda sentarme», murmuró Halconero, agotado el aliento. La iglesia de Maravillas les ofreció los escalones de su puerta berroqueña, y allí se sentaron los dos. «Descansa; vuelve a la razón -le dijo Bravo. Podemos retar a un enemigo insolente; pero a un loco de atar no. Y un loco embriagado carece de personalidad». «Pues que lo diga -replicó Halconero, con respiración. Declárese irresponsable; eche la culpa al vino. cante la palinodia. y pida perdón.