España Trágica by Benito Pérez Galdós — Read

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Ibero llevaba con paciencia la derrota de Espartero (ocho votos no más, ocho leales), y sólo pensaba en describir a su amigo la efervescencia y algarabía de la Representación Nacional en aquellas solemnes horas. Momentos hubo en que la semejanza de las Cortes con un circo de gallos fue completa. Federales y carlistas se levantan, se sientan, soltando de sus gargantas enardecidas voces de guerra y desafío. Figueras, Múzquiz, Vinader, Blanc, Moreno Rodríguez, Abárzuza, se suceden como en galope infernal, presentando exposiciones contrarias a la candidatura de Amadeo, o leyendo listas de los diputados que en las Constituyentes del 54 votaron contra doña Isabel II. Uno pide que se lean tales artículos del reglamento; otro reclama la lectura de la Bula de Excomunión fulminada por Pío IX contra Víctor Manuel y su familia. El barullo crece, la temperatura parlamentaria llega al rojo, el Presidente rompe campanillas. En lo más recio del tumulto, se levanta Paúl, y en medio del hemiciclo, la voz ronca, los brazos por alto, la cara echando fuego, pronuncia estas atrocidades que el pudoroso Diario de las Sesiones no admite en sus columnas: En nombre de todos los españoles que tienen vergüenza y dignidad, y que no son presupuestívoros como lo sois vosotros, protesto de las farsas indignas que aquí se representan.

Por fin, cuando el Presidente, afónico ya y sudoroso, logra establecer una calma relativa, aporreando la mesa y mandando que callen, que se sienten, que respeten la majestad del lugar, empieza la votación. En el curso de esta, surgen cómicos entorpecimientos. El General Izquierdo: Pido la palabra. El Presidente: No hay palabra. El General Izquierdo: «La pido, señor Presidente, para decir tan sólo que si hasta este momento he defendido la candidatura del señor Duque de Montpensier, ahora voto al señor Duque de Aosta». (Aplausos aquí, risas allá.) Desfilan uno tras otro los diputados, formulando su voto en una papeleta donde constan el nombre del votante y el del Rey elegible. En la Mesa, los Secretarios y los que intervienen la votación forman una piña espesa. El escrutinio dura largo rato, y es presenciado con expectación, que en ningún momento es silenciosa. Nadie ocupa su asiento. Van y vienen, y un vórtice de impaciencia y ansiedad llena la Cámara. Cuentan, recuentan, se lee la lista de los ausentes, la lista de los votantes. Del cúmulo de cifras y del laberinto de nombres, emerge al fin la voz del Presidente que dice: «Queda elegido Rey el Duque de Aosta.» Eran las siete y media.

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