Read "Vergara" by Benito Pérez Galdós online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Agotada la preciosa colección de cartas que un Hado feliz puso en manos del narrador de estas historias (lo que no ha sido flojo alivio de tan rudo trabajo), su afán de proseguirlas, revistiendo de verdad la invención y engalanando lo verdadero, oblígale a lanzarse otra vez por valles y montes, ojeando los acontecimientos y las personas, que de unas y otros da pingüe cosecha la España de aquellos días. Favorecido de otro Hado benéfico, de los muchos que andan entre gente de pluma, tuvo la suerte de adquirir en su primera salida conocimientos muy útiles, y allá van del magín al papel, comenzando por la noticia bien comprobada de que hasta principios de Marzo no pudo abandonar Calpena la hospitalaria esclavitud de los señores de Socobio en Vitoria, por no permitir salida más temprana la convalecencia del capellán, que sólo en aquella fecha se presentó segura. En un buen coche, con escolta de los dos criados, bajaron a Miranda, donde sólo se detuvieron algunas horas.
Después de celebrar breve plática con D. Leopoldo O'Donnell, que mandaba la fuerza; de repararse de alimentos y dejar en la cárcel un recado verbal, por mediación del presbítero Bonifacio Cebrián, primo de Sabas, partieron para Briviesca, donde estaba concertado el encuentro con la señora condesa de Arista, que venía de Madrid. No consta la fecha exacta de la extremada felicidad de la madre y el hijo al verse juntos de hecho, aunque ya por el pensamiento y el amor lo estaban muy estrechamente; pero ello fue algunos días antes de la festividad del glorioso Patriarca San José. Y como el más lerdo puede imaginar, cual si las viera, las ternuras, la hermosa efusión del encuentro de aquellas almas, se omite la descripción prolija del suceso. Fernando reconoció en su madre la dama ilustre, amorosa, inteligente, tal como su viva imaginación la construyera; Pilar le había visto como al escondite, en teatros y sitios públicos, el año de Mendizábal; mas viéndole ya sin miedo, y teniéndole tan seguro en sus brazos, por larguísimo rato le apretó en ellos con rígida fuerza, como si temiera que se le quitaran.