Vergara by Benito Pérez Galdós

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Sin tropiezo ni accidente alguno llegaron los cuatro asendereados hombres a Logroño, y la primera diligencia de Echaide fue dar aviso al General para saber si era su gusto recibir al embajador en la Fombera o en otra parte. La contestación fue que el caballero podía despintarse ya, soltar el disfraz, presentándose en el palacio de la plazuela de San Agustín lo más pronto posible. Toda una tarde y parte de la mañana siguiente empleó D. Fernando en la tarea de volver de aquel estado rústico al de persona fina, pues tan dura era la costra de su figurada barbarie, que para romperla y rasparla fueron menester muchas aguas y restregones muy fuertes. Por fin, restaurado el hombre, entró muy satisfecho en la casa de sus nobles amigos. Después de una corta espera en el billar, tuvo el gozo de ofrecer sus respetos a Doña Jacinta, que le encontró muy negro, quemado del sol y de los aires fríos; pero con aspecto de salud y robustez. Diole las cartas de su madre que allí le aguardaban, y comprometiéndole para la comida de aquel día, se retiró para que leyera. Así lo hizo, primero repasando los plieguecillos con avidez, luego despacio y enterándose de todo. El caballero se sentía dichoso, y no se contentaba con echar a volar el pensamiento hacia Medina de Pomar: quería irse todo entero y descansar de tantas fatigas junto a la persona que más amaba en el mundo.

Hasta la hora de comer no vio a Espartero, que aquel día tuvo tarea larga en su despacho. Le saludó muy afectuoso, presentándole después al jefe político interino de Logroño, D. Joaquín Berrueta, a quien debía el General su conocimiento con el arriero Echaide. Probablemente aquel señor estaría en el secreto; pero no hablaron sílaba de tal asunto. Los convidados, a más de Berrueta y de Fernando, eran Pepe Concha y D.

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