O'Donnell by Benito Pérez Galdós — Read

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Eligió con exquisita cautela y previsión Teresilla la persona que más le convenía para sus fines estratégicos, consistentes en levantar formidables baluartes contra la pobreza, y para llegar a la final decisión empleó diversas artes, sometiendo al preferido a pruebas de lealtad, de sinceridad, de esplendidez y de otras virtudes que la pícara mujer estimaba condiciones sine quibus non. Era el nuevo contratista de amor un francés de mediana edad, ni joven ni viejo, más gordo que flaco, alto, rubio, sonrosado, de correctísima educación y finos modales, que había venido a Madrid al establecimiento del Crédito Franco-Español, núcleo de capitalistas extranjeros que debía emprender en España negocios colosales, como Los Caminos de Hierro del Norte, el monopolio del Gas de las principales poblaciones, la explotación de Riotinto. Dándose mucho tono, reservándose, como quien aspira por sus propios méritos a una elevada cotización, celebró Teresa más de una conferencia con Isaac Brizard, y mientras exploraba el terreno, su perspicacia descubrió que el tal traía dinero fresco y abundante, harto más lucido que las escatimadas riquezas territoriales de nuestros nobles, los cuales viven comúnmente empeñados, y son esclavos de sus administradores, o del precio que en cada año alcanzan la cebada y el trigo. La importación de capitales extranjeros limpios de polvo y paja estimábala Teresa como una de las mayores ventajas para la Nación. Que aquí se quedara, derramado en cualquier forma, todo el dinero que viene para negocios, era una bendición de Dios.

Cuando Teresa se hallaba en los días de resistencia, de coquetería, de pruebas, redoblaba Isaac sus galanteos, que a menudo llevaban séquito de regalitos costosos y del mejor gusto. Como dijera un día la moza que su niñez había sido muy desolada y triste, que jamás tuvo una muñeca bonita, el francés le mandó por la noche dos elegantísimas, de la tienda de Scropp, una y otra vestidas con tanto primor como cualquier señorita de la más alta nobleza. La una decía papá y mamá; la otra movía los ojitos, y ambas tenían articulaciones, con las que se les daban graciosas posturas. Agradeció Teresa este obsequio como el más delicado que podía ofrecérsele, y todo el santo día se lo pasó jugando con sus nuevas amiguitas y diciéndoles mil ternuras a estilo maternal, entre caricias y besos. Deseaba Isaac obsequiar a Teresita con un espléndido y delicado banquete, sin más compañía que la de uno o dos buenos amigos, de lo más selecto de la sociedad. Dos comederos elegantes había entonces en Madrid: Farruggia y Lhardy. Pero en ninguno de los dos veía Brizard la disposición de aposentos que la reserva exige. Gabinetes con efectiva independencia no había en ninguna de las dos casas. Como no era cosa de llevar a la sin par Teresa al Colmado de Rueda, en la calle de Sevilla, o a la Tienda de los Pájaros, discurrió el bueno de Isaac un arbitrio que resolvía dos problemas: el del convite y el de la instalación de Teresa, con cuyo rendimiento contaba ya como hecho indudable. Con tanto barro a mano, fácil le fue al extranjero alquilar un bonito piso en casa nueva, calle de Santa Catalina, y amueblarlo, si no totalmente, en la parte de sala y comedor. Lo demás de la casa se completaría pronto: ya estaba todo encargado a Prévost, el mueblista más caro y elegante de aquellos tiempos.

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