Explore "O'Donnell" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
¡Arriba la Unión Liberal! ¡Viva don Leopoldo! Al fin se ponía el cimiento al edificio político que aliaba las expansiones del espíritu moderno con el recogimiento y la majestad de la tradición. ¡Al poder los hombres de juicio sereno, no extraviados por el proselitismo sectario, ni petrificados en bárbaras rutinas! Entren en la vida pública todos los hombres que al saber de cosas de Gobierno reúnen la distinción y el buen empaque social. Vengan la riqueza y los negocios a desempeñar su papel en la política, y ensánchese la vida nacional con la desvinculación de las comodidades, del bienestar y hasta del buen comer. ¡Abajo la Mano Muerta! Desamorticemos y repartamos, no con violencia revolucionaria, sino con parsimonia y suavidad conservadoras, concordando con el Papa la forma y modo de conciliar los intereses de la Iglesia con los de la sociedad civil. Hágase política sinceramente constitucional y parlamentaria. Venga libertad y venga orden, el orden augusto que engendran las leyes bien meditadas y bien cumplidas. Creemos una poderosa Marina, un Ejército potente dentro de nuestros medios, y con este modo de señalar, Ejército y Marina, pidamos un puesto en la diplomacia europea. Salga de su infancia la ciencia, florezcan las artes y despójense nuestras costumbres de toda rudeza y salvajismo. Seamos europeos, seamos presentables, seamos limpios, seamos, en fin, tolerantes, que es como decir limpios del entendimiento, y desechemos la fiereza medieval en nuestros juicios de cosas y personas. Transijamos con las ideas distintas de las nuestras y aun con las contrarias, y pongamos en la cimera de nuestra voluntad, como divisa, la bendita indulgencia.
Esto decía Beramendi, ardiente propagandista de la Unión, en todas las casas adonde solía ir, que no eran pocas, y extremaba sus entusiasmos y el brío de su declamación en la morada de uno y otro Socobio, don Saturno y don Serafín, a las cuales concurría después de algunos años de absentismo. Con la Marquesa de Villares de Tajo, cada día más talentuda y perspicaz, tenía Fajardo las grandes pláticas de política. Era una persona con quien daba gusto discutir, disputar y aun pelearse, porque conocía muy bien el mundo, y manejaba con igual donosura las ideas propias y las contrarias. Sin abdicar de sus opiniones narvaísticas, ocasionales sin duda, la moruna reconocía la inmensa fuerza con que O'Donnell entraba en campaña, llevando a su lado lo mejor de los dos partidos históricos. Del moderado le seguían nada menos que Martínez de la Rosa, don Alejandro Mon, Istúriz, y otros muchos que estaban ya con un pie dentro de la Unión. Del Progreso había tomado a Prim, a Santa Cruz, a Infante, a don Modesto Lafuente, a Lemery, a don Cirilo Álvarez y otros que vendrían detrás. No tenía O'Donnell perdón de Dios si con tales elementos y la grande autoridad adquirida con su sensato proceder en la oposición, desde el 56 al 58, no realizaba una obra memorable de paz y florecimiento en este país.