Prim by Benito Pérez Galdós — Read

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Y no disimulaba su júbilo al decirlo. Si la revolución era necesaria, inevitable, mientras más pronto viniera, mejor. Y sin sangre no había de venir, porque las revoluciones nutridas con horchata o zarzaparrilla criaban ranas en el estómago de los pueblos. Los ateneístas más impacientes por regresar a sus domicilios dejaron pasar algún tiempo, y en tanto planeaban itinerarios extravagantes. Hombre hubo que para ir a la calle de Atocha, discurrió tomar la vuelta grande del Retiro. A última hora quedaban pocos en la docta casa, comentando los hechos y reconstruyéndolos conforme a datos fidedignos. Por la calle de Sevilla y Carrera de San Jerónimo había pasado la tragedia, dejando en las baldosas huellas de sangre. Los que allí perecieron, no eran gente díscola y bullanguera, sino pacíficos señores que en nada se metían; iban a sus casas; salían del Casino o del café de la Iberia, pensando en todo menos en su fin inminente. En el pasillo grande del Ateneo permanecían dos corrillos de trasnochadores. El más nutrido y bullicioso ocupaba el ángulo próximo a la puerta del Senado; allí analizaban la bárbara trifulca un antillano llamado Hostos, de ideas muy radicales, talentudo y brioso; otro americano, don Calixto Bernal, diminuto, maestro y apóstol de las cuestiones coloniales; Manuel de la Revilla, grande espíritu en un cuerpo mísero; Luis Vidart, artillero, filósofo, escritor, poeta. y otros. En el segundo corrillo, junto a la entrada de la Biblioteca, Tubino, Fulgosio, Moreno Nieto, y unos cuantos jóvenes que en aquel nido de la inteligencia se criaban para la oratoria y la política, embriones de afamados repúblicos, determinaron que la consecuencia inmediata del sangriento motín era la crisis. ¡crisis total! En el Salón de Lectura sólo quedaba una persona, gravemente silenciosa y abstraída, los ojos clavados en una revista extranjera, y el espíritu a mil leguas de las sangrientas colisiones de aquella noche nefanda. Algunos del corro primero se acercaron a la puerta del Salón, movidos de curiosidad, y vieron la figura menuda, melancólica y calenturienta de Tristán Medina.

Estruendoso fue el vocerío de los partidos, de los periódicos, del ciudadano alto y bajo. Desatada la opinión sectaria, gente había que deploró no fuera mayor el número de muertos. Hablaban los madrileños en los cafés y en medio de la calle con un ardor que revelaba el desasosiego del cuerpo social. Transcurridas las vacaciones de Semana Santa, desfogaron en el Senado los hombres públicos, aprovechando la mejor ocasión que podía ofrecérseles para tirar certeros chinazos a la frente del Gobierno. Prim, Gómez de la Serna y don Cirilo Álvarez pronunciaron tremendos discursos. El más hermoso fue el de Ríos Rosas en el Congreso. Uno tras otro, disparó contra los responsables del suceso de la noche del 10 (que bautizada quedó con el nombre de San Daniel), los más formidables cantazos que recibieron en todo tiempo cabezas ministeriales; y como en el pasaje más ardiente, al llamar con voz de trueno miserables instrumentos a los guardias de la Veterana, le soltase la mayoría la rutinaria muletilla que se escriban esas palabras, se revolvió como un tigre, y estampó con un manotazo esta respuesta grandiosa y clásica en la frente de la Representación nacional: «Si no fueran mías, pediría que se esculpieran». González Bravo, con titánico esfuerzo de su fecundo numen oratorio, pronunció diez y ocho discursos en las dos Cámaras.

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