Prim by Benito Pérez Galdós — Read

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Amaneció el 11 de Junio, revuelto y brumoso, y el aire traía un aliento cálido precursor del Levante. Como domingo, el Grao se adormecía en el descanso de las faenas comerciales. Triste es el día festivo, dígase lo que se quiera, en los puertos de mar; tristes el silencio y quietud de los muelles, las banderas izadas en los barcos sin ruido, los marineros endomingados, las embarcaciones menores, gabarras y botes, metidos todos juntos en estrecha dársena, y apretados unos contra otros dando cabezadas, como el rebaño dentro de las teleras. Así lo pensaba el bueno de Ibero, que después de divagar por los muelles, recorría todo el espigón hasta la farola. Hacia la mar ancha miraba, y no viendo lo que ver quería, tornaba a los muelles y se asomaba a las puertas de los cafetines próximos al puerto. Bien decía su rostro la impaciencia y ansiedad que turbaban su ánimo: buscaba en la mar un barco, en la tierra un hombre, y ni hombre ni barco parecían. Ocurrió que por la mañana bien temprano salió su patrona al patio, despeinada y ojerosa, y con el tono más desconsolado le participó que la cosa había salido muy mal. ¡Qué desdicha! ¿En qué estaba Dios pensando?. A poco llegó el señor Leal, también desgreñado, la boca torcida, borrachos de insomnio los ojos y el pensamiento, tartajosa la palabra, el ánimo espantable; y encarándose con Ibero como si tuviera éste la culpa del fracaso de la cosa, le escupió estos terminachos: «¿Qué haces aquí, gandul?. ¡Oído a la caja. marchen! Cada uno a su puesto. Verás: cojo una estaca y te. Corre y di que atraquen. ¿Está listo el falucho? Que atraquen. Ya estás corriendo. ¿Pero aún estás aquí, bigardo?. ¿A que te rompo en las costillas el palo de la escoba? ¿No me has oído? El falucho. embarcar. corre. Que atraque. playa del Cabañal, fotre; Cabañal, ¡contrafotre!. ¡Corre y vuelve a decirlo, con cien mil fotres!.».

De estas abominables vociferaciones sacó Ibero en limpio que debía dar aviso a Canigó de que arrimara su embarcación a la playa del Cabañal. Nada más fácil que dar esta orden: ya sabía dónde estaba Canigó, pues con él había pasado la noche a bordo de la embarcación, bien arranchada de todo, víveres inclusive. Pero no contaba con el destino adverso que en aquellos días y noches de luna de Valencia desbarataba los planes del primer revolucionario de estos reinos. La embarcación no estaba en el muelle ni a la vista dentro y fuera del puerto, ni Canigó en el café de la Marina, ni las casas, almacenes y barcos en su sitio, porque con la gran turbación y pavura que el caso produjo en la cabeza de Ibero, todo el mundo visible era un Tío vivo que daba vueltas en torno al atontado marinero. Por esto se le vio vagar en el muelle y esparcir sus miradas por el mar alto desde el espigón. Así estuvo casi todo el día, hasta que al fin, al caer de la tarde, vio aparecer a Canigó como si saliera de debajo de la tierra. Llegose a él con la natural ansiedad, y el viejo, después de desahogarse con procaz estilo en San Pedro, San José y otros santos venerables, le dijo que su sobrino Gasparó le había faltado; que su sobrino era un renegado indecente. Pero al fin, a falta del falucho de Gasparó, ya tenía otro, malo y con los fondos podridos, eso sí; pero a falta de pan, tortas. y vuelta a desahogarse en los santos de más alto copete, y a llorar de rabia y a patear el suelo, que no tenía culpa de lo que pasaba. «¡Tripas mías - dijo con bramido -, haceos corazón, y avante, avante!.

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