Prim by Benito Pérez Galdós — Read

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Con ánimo decidido emprendió el gran Ibero su marcha hacia los Yébenes, por un país rocoso y montaraz, más habitado de alimañas que de personas. Guiábale su sentido geográfico, admirable don que aprendido parecía del trato con las aves emigrantes; alas le daba su deseo de cumplir lo mandado y de contribuir a los planes del General, y por fin, el ir a Madrid en aquella ocasión causábale gran regocijo, por las razones que él mismo habría dado a conocer si su reserva característica no rigiese lo mismo para sus amigos que para los lectores de sus aventuras.

En esta favorable disposición atravesó breñales, quintos y dehesas; pasó el Amarguillo, y salvando las asperezas de la sierra de Orgaz, llegó a la feudal villa de este nombre, donde dio a su cuerpo un reparo nutritivo, siguiendo hacia Mascaraque y Almonacid. En terreno menos quebrado fue su marcha más segura y metódica; a nadie preguntó el camino; derecho iba en busca del río Algodor, por cuya margen izquierda había de llegar a la barca del Tajo. ¿Quién le enseñó esta topografía? Dios y un plano que en Madrid meses antes había visto. Ello es que felizmente pasó en la barca poco después de anochecido, y que impávido se metió en los despejados campos de la Sagra; durmió cinco horas en un mesón de Villaseca, y a las tres de la madrugada emprendió de nuevo la caminata. El limpio y estrellado cielo que en aquella seca región multiplica la opulencia de sus constelaciones, le fue de gran compañía y entretenimiento en su viaje. Después de reconocer sus amistades estelarias del Zodíaco y del hemisferio Sur, puso toda su atención en la Polar, que veía sin mover los ojos ni la cabeza, pues hacia ella derechamente caminaba; y adorándola por su inmovilidad más que a las otras vagabundas, con ella conversaba en estilo mixto de oración y confidencia.

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