Explore "Prim" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Vencido y desarmado el brazo militar, faltaba someter al civil, lo que no era fácil, porque la plebe armada, dirigida por sus iguales, con una organización primitiva, se movía con gran desembarazo. Acosada y dispersa en una calle, aparecía prontamente en otra. Era la guerrilla urbana, más veloz que la milicia regular, y más conocedora de los atajos y callejuelas para sorprender al enemigo. En la calle de la Luna, un grupo de estos leones sueltos, que disponían de un cañón y de varios artilleros para servirlo, tuvieron en jaque al general Concha más de una hora. Pero lo más apretado de aquellos sangrientos lances callejeros estuvo en la Plaza de la Cebada: allí acudieron y se fortificaron con improvisados parapetos los bandos más aguerridos de la patriotería del Rastro y Latina. Tres cargas a la bayoneta les dio la infantería con soberbio empuje, y aún no pudo con ellos.
Cuando parecían debilitarse, vino por San Millán un refuerzo de tiradores fieros y desesperados. Entre ellos descollaba una figura tan gigantesca por su talla como por su arrojo. Era un león barbudo, un descomedido atleta que de sus ojos enrojecidos echaba fuego, de su boca imprecaciones tonantes; era la estampa del coraje indómito, del feroz patriotismo, que guerreaba a tiros, a puñetazos, a dicterios inflamados con rabia y encono; era, en fin, el gran Chaves, demente, bárbaro, heroico. En lo más duro del ataque, vio entre la tropa que contra él venía la cara del sargento con quien cambió, días antes, palabras sigilosas en el patio del Cuartel de San Mateo. Fue aquella tarde en que con el artificio de la pelota entró en el Cuartel el niño, y tras el niño el padre. Dirigiole el barbudo desde lejos palabras rencorosas, vengativas. Y el sargento, mirándole con ojos benignos, y cumpliendo su deber como esclavo circunstancial de la ordenanza, decía para su capote: «Te veo, Chaves; no quiero matarte; huye, escóndete. Podemos ahora más que tú. Te ha salido mal la cuenta; otra vez será». Todo esto fue obra de segundos. Los valientes paisanos no pudieron resistir el ataque, mandado por el general Hoyos. Dejando algunos muertos y heridos, y llevándose casi a rastras al furioso Chaves, huyeron hacia la Cabecera del Rastro.