Explore "Narváez" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Madrid, 22 de Noviembre.- Me parece mentira que puedo consagrar un rato al desahogo de estas Confesiones, en lugar seguro, lejos de la inspección y vigilancia de mi mujer, de mis suegros y de toda la ilustre familia con quien vivo, tratado como príncipe, regalado hasta el mimo, pero sin libertad. No debo quejarme, pues los bienes que Dios derrama generoso sobre mí aligeran la cadena de oro que arrastro, reduciéndola, fuera de contadas ocasiones, al peso y tensión de un cabello. No me quejo; voy muy a gusto en este gallardo machito: en mi casa me aman, y tienen de mí la más alta idea; en sociedad me veo rodeado de consideraciones; el respeto me sigue, la admiración me acompaña, y el dorado vulgo me rinde homenajes que en mi vida de célibe nunca pude soñar. A mi nombre va unida, con el flamante título que ostento, la idea de sensatez; pertenezco a las clases conservadoras; soy una faceta del inmenso diamante que resplandece en la cimera del Estado y que se llama principio de autoridad: en mí se unen felizmente dos naturalezas, pues soy elemento joven, que es como decir inteligencia, y elemento de orden, que es como decir riqueza, poder, influjo. Váyanse, pues, unas libertades por otras, que algo se puede sacrificar de la doméstica para gozar la pública, la que nos autoriza para campar con nuestra caprichosa voluntad por encima de la cuitada multitud, a quien nunca falta Rey que la ahorque ni Papa que la excomulgue.
Desde que regresamos de Atienza, toda tentativa de confesión escrita hallaba en la curiosidad de los míos insuperable obstáculo: ¿pues qué había yo de escribir que mi mujer no atisbase, receloso fiscal de mis pensamientos? Ausente mi amigo Aransis, no tenía yo quien me diese seguro asilo, que bien puedo llamar confesionario; ahora que vuelve Guillermo a Madrid, a su casa me voy y en su cuarto me meto, y en su papel escribo. Sepan los que en futura edad me leyeren que amo a Ignacia con plácida ternura, y que estoy muy contento de haberla hecho mi esposa. El afecto que le doy débilmente corresponde, así debo declararlo, al exaltado amor que ella tiene por mí, y a la ofrenda que constantemente me hace de su sinceridad, pues todo me lo revela y confía, desde las cosas más importantes a las más menudas, y no hay repliegue de su conciencia ni secreto de su mente que no ponga ante mí.