Narváez by Benito Pérez Galdós — Read

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Si recibió la vida el Gabinete Relámpago en la Cámara del Rey, el golpe de muerte se lo dio María Cristina en su propio palacio, donde tuvo con Isabel II una larga encerrona. ¿Qué le diría? Lo adivino. El meollo del extenso sermón de la Reina Madre no pudo ser más que este: «Hija querida, se puede hacer todo. todo precisamente no, pero bastante sí; se puede hacer mucho. Lo que no puede de ningún modo hacerse es lo que has hecho». Grabadas en mi mente la mirada y la sonrisa, el rostro hechicero de Su Majestad; grabado también en mí su pensamiento por la honda estampación de sus facciones; metido su carácter dentro de mi ser, y sintiendo lo que ella siente, expresaré la idea de que Isabel II, sin conocimiento del Régimen, que nadie le ha enseñado; sin conocimiento del pueblo que rige, más que por las vagas impresiones que llegan hasta ella, hizo lo que hizo movida del miedo y sabiendo que hacía un disparate. La calidad, la intensidad de aquel miedo es lo que no llego a penetrar todavía; pero he de poder poco, o yo conoceré ese estímulo de las regias acciones. La madre ha debido de decirle: «¿Por qué antes de cometer esa barbaridad no hablaste conmigo y con el mismo Narváez? Entre los dos habríamos hallado un medio de sacarte del conflicto». Seguramente, Isabel, más fuerte en el sentir que en el razonar, no responde a su madre, y con infantil silencio, los ojos bajos, da a entender que reconoce su error y espera un buen consejo para enmendarlo. La madre (hablo como si lo oyera) le dice: «Hija mía, a grandes males, grandes remedios. Faltas nacidas de inmensas tonterías son más difíciles de corregir que las que nacen de un error del entendimiento. Pero hay que hacer frente a ellas, y corregirlas sin reparar en sacrificios del amor propio y aun de la misma dignidad. Hasta la dignidad debe ponerse a un ladito para componer estas roturas.

Fuera miedo: vete pronto a Palacio; llamas a Narváez y le encargas de formar el Ministerio lo mismo que estaba, o como él quiera. Por hacer un poco de papelón, él se negará. se pondrá unos moños de este tamaño. Te dirá que el poder le fatiga. ¡y sin el poder no puede vivir! ; te dirá que llames a otros hombres; que él no tiene inconveniente en apoyar a esos hombres por servirte. ¡y lo que hará es rabiar como un perro si llamas a otros! No; por hoy no hay aquí más hombres que él y su cuadrilla. Más adelante se verá. Tú no hagas caso de los escrúpulos que ha de sacar: son fingidos y mentirosos. Hará la comedia de despreciar lo que más desea. Tú te aguantas, insistes, haciéndole creer que le tienes por necesario. y nada. Verás cómo Narváez te desenreda esta gran madeja que has enredado tú. Ánimo, hija mía, y a Palacio.

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