Tormento by Benito Pérez Galdós — Read

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Quedose Amparo sola, sentada en el sillón apoyado el brazo en el velador y la mejilla en la palma de la mano. En esta postura dejaba ir el tiempo en lenta corrida, y la meditación era en ella como somnolencia. Por su mente discurrían cosas presentes y pretéritas, las unas agradables, las otras terriblemente feas, y daban vueltas en infalible serie como las horas en el círculo del reloj. Cada idea y cada imagen perseguían a las que pasaron primero y eran acosadas de otras. Variaba el color y el sentido de ellas, pero el maldito círculo no se rompía. A ciertos intervalos se presentaba una sombra negra, y entonces la pensadora abría los ojos como espantada, buscando la luz. Y la claridad hacía su efecto; la sombra huía, mas con engañosa retirada, porque el solemne y terrorífico movimiento del círculo la volvía a traer. Abría Amparo los ojos y sacudía un poco la cabeza. Hay ocasiones en que puede uno llegar a figurarse que las ideas se escapan por los cabellos cual si fueran un fluido emparentado con la electricidad. Por esto tiene la raza humana un movimiento instintivo de cabeza, que es como decir: «márchate, recuerdo; escúrrete, pensamiento».

No podía apreciar bien la pensadora el tiempo que pasaba. Sólo hacía de rato en rato la vaga apreciación de que debía de ser muy tarde. Y el sueño estaba tan lejos de ella que en lo profundo de su cerebro, detrás del fruncido entrecejo, le quemaba una cosa extraña. el convencimiento de que nunca más había de dormir.

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