La de los Tristes Destinos

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El amigo era Isidro el Pollero, así nombrado en Madrid entre los conspiradores y revolucionarios de armas tomar. Conociole Ibero en casa de Chaves haciendo la lista para la distribución de armas; se habían batido juntos en la barricada de la calle de la Luna. Iba a la estación Isidro a encontrar a Chaves, creyendo que en aquel tren llegaba. Díjole Santiago que no le había visto en el tren; en Madrid sí, días antes. Quizás vendría en el Correo, si había logrado proporcionarse el viaje en condiciones de seguridad, lo que cada día era más difícil. Apenas salieron Isidro y Santiago de la estación, encontraron a otro emigrado, sargento de Artillería, y en el paso por Saint-Esprit a otros dos, uno de ellos sargento del Príncipe. En el puente y en las calles de la vieja ciudad fueron tropezando con españoles que dirigían al Pollero un saludo triste. Con algunos hablaron brevemente: en los vagos coloquios, las añoranzas de la patria distante iban a parar por natural desviación lógica a los rosados ensueños de la ojalatería.

Hablaron de alojamiento; pero Santiago no aceptó el que el Pollero le ofrecía, porque ya venía encaminado a determinada casa por un amigo del tren. «Sí -dijo Isidro-; calle de los Vascos. Esa es la Pequeña Guipuzcoana; hay otra, la Grande, que aloja señores y damas de alto copete. Ven, y te enseñaré la casa. Tu patrona es una que llaman Juana Goiri, que habla un endiablado pisto, francés y español revueltos con vascuence. Pero es buena mujer: en su casa verás algunos emigrados y muchos contrabandistas». Poco después de oír estas referencias, quedó Ibero instalado. Su cuarto era humilde, la casa ruidosa, la comida ordinaria, atropellado el servicio, la patrona bigotuda, varonil, bondadosa, y de un léxico fantástico. Dos días necesitó Ibero para llegar a entenderla y a comunicarle el artificio de su falso nombre, Carlos de Castro, dándole a conocer el verdadero. porque recibiría cartas reservadas de una señora, cartas también de su familia.

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