Explore "La de los Tristes Destinos" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Fue a Palacio Tinito y volvió encantado de la amabilidad de la señora Infanta. En cuanto almorzaron, bajó con el Príncipe a las habitaciones de este, que están en el entresuelo, y Alfonso enseñó al amiguito su soberbia juguetería. ¡Vaya unos juguetes, compadre! Todo lo contaba el chiquillo con gracia y prolijidad encantadoras, sin omitir nada. Refirió que en el entresuelo había encontrado a don Isidro Losa, que aquel día estaba de guardia, muy majo, vestido de gentilhombre.
Entre los juguetes, admiró principalmente Tinito un tren de artillería con cañones de verdad, que podían dispararse, y una fragata lo mismito que la Numancia, con sus marineros subidos a los palos. Allí estuvieron enredando Tinito, el Príncipe, Juanito Ceballos, que era su compañero inseparable, y Pepito Tamames. El juego consistía en enganchar al tren de artillería las parejas de mulas, los armones, colocar en sus puestos a los artilleros, y arrastrar todo el armadijo de una habitación a otra. En esto llegó el Marqués de Novaliches, que dijo al Príncipe que no se sofocara demasiado, y don Isidro encargó a los cuatro que jugaran con juicio. En aquel trajín se les pasó el tiempo, hasta que llegó el profesor militar, y con él dio Alfonso la lección de manejo de carabina y sable; después lección de leer y escribir, y luego le mudaron de ropa para salir de paseo. «Salimos con él el chico de Ceballos y yo -prosiguió Tinito en sus explicaciones. Íbamos en coche de mulas. Nos acompañaba don Guillermo Morphy. ¡Hala!, ¡al Retiro, a lo Reservado, a correr!. Alfonso estaba muy contento y hacía la mar de travesuras. Metía los pies en todos los charcos, y se mojaba. Morphy le reprendía; pero ¡quia!, no hacía caso. Al llegar a Palacio le cambiaron de calzado; subió a comer con la Reina y el Rey. Eugenia me recogió a mí para traerme a casa».