La de los Tristes Destinos

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Crudísimo fue en París el invierno del 67 al 68. Sobre el Sena helado patinaba la juventud bullanguera, y en el lago del Bosque de Bolonia la crema aristocrática organizó una fiesta rusa, con espléndida iluminación, trineos y deportes al uso septentrional. Insensible al frío, Ibero veía pasar los días y los meses en la vulgaridad uniforme, descolorida, isócrona, dentro del cerrado horizonte del almacén. Ganaba el sustento, sí; pero como no vivimos sólo de pan, el hombre estaba en gran penuria espiritual, ausente de toda grandeza y de las nobles aventuras que planeó su loca imaginación. Vida tan desaborida no habría soportado nunca si el amor no le amarrase a ella con fuertes ataduras, y mientras más se desalentaba viéndose tan bajo, más apasionado se sentía por la hermosa madrileña y más uncido a ella por indestructible yugo.

Al contrario de Ibero, Teresa era toda entusiasmo, alientos, orgullo de su oficio. Tanto progresaba en este, que al principiar el 68, Úrsula, que en ella ponía ya toda su confianza, le subió el jornal a cinco francos. Y para mayor delicia de Ibero, cada día estaba más bonita. ¿Qué diablos hacía para conservar y afinar su belleza y para presentarse más garbosa en su modesto atavío? Obra del medio era esto sin duda: por todos estilos, París habíala hecho suya.

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