Explore "La de los Tristes Destinos" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
La conversación languideció gradualmente. Nonell, después de dar los últimos tientos a la botella, atronaba el coche con sus ronquidos lúgubres, que parecían lanzados también con bocina o trompa de tinieblas. Clavería fue cayendo en una taciturnidad melancólica; Ibero, arrimado a la ventanilla, contemplaba el paisaje, las verdes planicies bajas limitadas al Oeste por una faja de mar de un azul grisáceo: era el Canal de la Manga, o de la Manche, Mancha muy distinta de la que inmortalizó don Quijote. Así llegaron a Calais. Cada cual agarró su maleta, y a escape metiéronse los tres en el vapor, que desatracó sin tardanza, y con vigorosas paletadas que levantaron bullentes espumas, partió trotando hacia la acera de enfrente, Inglaterra. El vapor era de ruedas, con achos tambores que formaban en el centro de la embarcación una extensa y alta toldilla. A esta subieron los tres españoles, y arrimándose a la borda, vieron cómo se alejaba y desvanecía la costa francesa. Allí recobró Clavería la palabra para proseguir con Ibero la conversación interrumpida. «¿No te enteraste -le dijo- de que hace unos días estuvo Prim en Francia? Fue a tomar las aguas de Vichy, que le hacen mucha falta para su padecimiento del hígado. Napoleón, que no le perdona lo de Méjico, le había cerrado la puerta de Francia. Fue preciso entablar negociaciones, poner en juego influencias inglesas, para que se le permitiera una temporada corta en Vichy.».
-Algo de esto dijo no sé quién en el escritorio de Santa María -replicó Ibero-, y también que el General volvió pronto a Londres.